MEDITACIONES DE SAN ANTONIO DE PADUA PARA EL TIEMPO DE ASCENSIÓN/ PENTECOSTÉS.


MEDITACIONES DE SAN ANTONIO DE PADUA PARA EL TIEMPO DE LA ASCENSIÓN.

VIGILIA DE PENTECOSTÉS.

El envío de los Apóstoles a la predicación.

Los Apóstoles son enviados a predicar, a través del mandato:

"Vayan por todo el mundo". (Mc 16, 15). 

Un mandato semejante se halla en Isaías:

"Vayan, mensajeros veloces, a un pueblo disperso y dilacerado, a un pueblo tremebundo como ningún otro, a un pueblo oprimido y a la expectativa" (18, 2).

El género humano se hallaba disperso, echado del gozo del Paraíso terrenal, dilacerado por los vejámenes del diablo, con el alma aterrorizada por los castigos del infierno y con el cuerpo humillado por la perspectiva de la corrupción, pero a la expectativa del Salvador del mundo. 
A este pueblo el Salvador envió a veloces mensajeros, o sea, a los Apóstoles dóciles, ordenándoles:

"Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura".
(Mc 16, 15).

O sea, a todo el género humano. 
El género humano tiene algo en común con todas las criaturas:
Los Ángeles, las ovejas, los maderos, las piedras, el fuego, el agua, con el tiempo cálido y con el frío, con el tiempo húmedo y con el seco, porque el hombre es llamado: "microcosmos", o sea, un mundo en pequeńo.

"El que cree", o sea, el que profesa la Fe por sí mismo o por medio de otro, "y se bautiza", o sea, persevera en la gracia recibida en el Bautismo, "se salvará; el que no cree, será condenado, Y éstos serán los prodigios que acompańarán a los que creen: 
En mi Nombre echarán fuera a los demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en sus manos a las serpientes; si beben veneno, no les hará dańo; sobre los enfermos pondrán sus manos y sanarán".
(Mc 16, 16‑18).

En aquel tiempo sucedían los milagros para la conversión de los infieles. Ahora, que la Fe aumentó, los signos cesaron. 
En efecto, cuando nosotros plantamos plantas tiernas, las regamos, hasta que arraiguen y se fortifiquen.

Sentido moral. 
El mundo es llamado así, porque está siempre en movimiento. 
Sus elementos no gozan de reposo.
El mundo tiene cuatro regiones: oriental, occidental, meridional y septentrional. 
Como el mundo consta de cuatro elementos, así el hombre, que es un pequeńo mundo, según los antiguos, consta también de cuatro fluidos o humores, mezclados entre ellos y formando un único temperamento.

El pobre hombre, desde el comienzo de su vida hasta el fin, está siempre en movimiento y jamás reposa, hasta que llegue a su "lugar", o sea, a Dios. Dice a este propósito Agustín:

"Señor, nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti".

"Y en la paz se halla su lugar".
(Salm 75, 3). 

El "lugar" del hombre es Dios; y jamás puede haber paz sino en El; y por eso hay que volver a El.

Los momentos principales de la vida del hombre son éstos:
El oriente de su nacimiento, el occidente de su muerte, el mediodía de la prosperidad y el septentrión de la adversidad. 

A este mundo debemos ir:

"Vayan por todo el mundo!", para que mediten cómo eran en el momento del nacimiento, cómo serán en el momento de la muerte; cómo son cuando les sonríe la prosperidad y cómo son cuando la adversidad se abate sobre ustedes: examinen si la primera los exalta y si la segunda los deprime. 
De esta cuádruple meditación brota una cuádruple utilidad: la desconfianza en sí mismo, el desprecio del mundo, el equilibrio para no exaltarse y la paciencia para no deprimirse.

Es, pues, una gran obra buena ir por todo el mundo y predicar el Evangelio a toda criatura. 
Dice el Apóstol:

"Si uno está en Cristo, es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí, todas las cosas fueron renovadas". (2Cor 5, 17). 

Y el Salmo:

"El pueblo que será creado (nuevo), alabará al Señor".(101, 19). 

E Isaías:

"He aquí, yo voy a hacer de Jerusalén una ciudad de exultación y de su pueblo, un pueblo de gozo. Yo me alegraré con Jerusalén y gozaré con mi pueblo".(65, 18-19).

Crear es "hacer alguna cosa de la nada". 
El hombre, cuando se halla en pecado mortal, nada es, porque Dios que de veras "es", no "está" en él con la Gracia.

"El hombre, dice Agustín, se torna nada, cuando peca"; pero, cuando, con la Gracia de Dios, se convierte a la penitencia, es creado, o renace en él una nueva criatura, o sea, una conciencia pura y nueva. Y ésta es Jerusalén, la Ciudad de la "paz", que exulta por la Misericordia de Dios que le fue concedida.

Es creado también un pueblo de muchos y buenos sentimientos y pensamientos, en los que abundan el gozo y la alabanza de Dios por su dulzura, que ellos saborean. 
Entonces las obras viejas, o sea, las obras y el arraigado comportamiento de los cinco sentidos pasan, se alejan y se renuevan en Cristo, para que el hombre:

 "Ya no viva para sí, sino para Cristo que por él murió" (2Cor 5, 15).

Estas son "todas las criaturas": el hombre interior y el hombre exterior, renovados por la gracia. 
A esta criatura debemos predicar el Evangelio del Reino, o sea, anunciar "el bien". 
La palabra griega "evangelio" significa justamente "el buen anuncio".

Anuncia el bien a toda criatura el que tanto por dentro como por fuera se reviste de virtudes. 
Predica el Evangelio del Reino a toda criatura el que, en lo íntimo de su corazón, considera cuán grande será la gloria de contemplar, junto con los espíritus bienaventurados, el rostro del Creador, alabarlo sin término junto con ellos, vivir siempre con El que es la vida y disfrutar eternamente de una felicidad inefable.

De aquella predicación derivan dos consecuencias:

"El que cree y se bautiza". 

Creer quiere decir “ñ"dar el corazón" (en latín, credo, cor do). 

"Hijo mío, dice Jesús, dame tu corazón" (Prov 23, 26). 

El que da el corazón, da todo. 
Cree, pues, el que con la devoción del corazón se somete completamente a Dios. 
Se bautiza, cuando se inunda de lágrimas o por la dulzura de la contemplación, o por el recuerdo de la propia iniquidad, o por la compasión ante las necesidades de los hermanos.

En cambio, "el que no cree", no entrega el corazón a Dios; y si no das el corazón a Dios, necesariamente se lo darás al diablo, o a la carne, o al mundo. 
Y quienquiera haga esto, "será condenado".

"Y estos prodigios acompañarán a los creyentes".

Los que entregan su corazón a Dios, van a ser asistidos por los signos, porque sobre su corazón ya existe el signo, del que habla el Cantar:

"Ponme como un sello sobre tu corazón". (8, 6).

Cuando queremos defender nuestra casa o nuestros bienes de los ladrones, solemos colocar un signo, o sea, una bandera del Rey o de algún personaje poderoso, para que, al verlo, los ladrones no se atrevan a entrar. Así, si queremos defender nuestro corazón de los demonios, debemos colocar sobre él a Jesús, que es la Salvación; y si es la Salvación, es también la plena protección.

"En mi Nombre echarán a los demonios".

"Demonio" es un término griego, daimon, que significa: "muy conocedor de las cosas". 
Los demonios simbolizan la sabiduría de la carne y la astucia del mundo, que, como demonios, atormentan al hombre, o sea, su espíritu, y también con frecuencia afligen su cuerpo. 
La sabiduría de la carne simboliza al demonio nocturno; la astucia del mundo, al demonio meridiano.

La sabiduría de la carne es ciega, aunque ella cree que tiene la vista muy aguda ‑durante la noche algunos animales tienen la vista muy aguda, como el gato‑; la astucia del mundo arde del calor de la malicia, como el sol a mediodía. 
El que entregó su corazón a Dios, echa de sí a estos demonios y también llevará a cabo los signos siguientes.

"Hablarán lenguas nuevas". 

La lengua del mundo es una lengua vieja, porque dirá cosas viejas del hombre viejo. 
Los que son atormentados por los demonios, hablan esta lengua; pero, cuando echan de sí a los susodichos demonios, hablarán lenguas nuevas en la novedad de su vida. 
Dice Isaías:

"En aquel día habrá cinco ciudades en la tierra de Egipto, que hablarán la lengua de Canaán y jurarán en el nombre del Señor. 
La primera se llamará "Ciudad del Sol". (19, 18).

La tierra de Egipto, que se interpreta "tiniebla", es el cuerpo humano, cubierto por las culpas y los castigos. En el cuerpo hay cinco ciudades, o sea, del cual uno, o sea, la vista, es llamado "Ciudad los cinco sentidos del cuerpo, del Sol", porque como el sol ilumina todo el mundo, así la vista ilumina todo el cuerpo. 
Estas ciudades hablan la lengua de Canaán, que significa "cambiada". 
Por el cambio obrado por la derecha del Altísimo se despojan del hombre viejo con sus acciones y se revisten del hombre nuevo, viviendo en la justicia y en la verdad (Col 3, 9; y Ef 4, 4‑24).

Como el lenguaje comunica al exterior la palabra que está escondida en el corazón, así los cinco sentidos del hombre, ya cambiados y convertidos a Dios, hablan de El en el exterior, corno lo sienten en el interior; y en esto consiste el "jurar":
En afirmar la verdad. 
La verdad de la conciencia se afianza con el testimonio de una vida santa, para alabanza del Señor de los ejércitos, o sea, de los Ángeles.

"Y aferrarán a las serpientes", en las que están simbolizadas la adulación y la calumnia, que serpentean a escondidas e inoculan el veneno. 
El adulador avanza serpenteando y el calumniador inocula el veneno.

Los que hablan lenguas nuevas, alejan de sí a estas serpientes. 
Dice el primer libro de los Reyes: 

"Alejen de su boca las cosas viejas".
(2, 3).

La saliva del hombre en ayunas mata a la serpiente (Aristóteles); la lengua en ayunas, o sea, mortificada, es como una lengua nueva, cuyo antídoto suprime el veneno.

La antigua serpiente, de alguna manera, adulaba a Eva, diciendo:

"No morirán de muerte! e infamaba a Dios, añadiendo:
"Sabe Dios que el día que coman de él, se abrirán sus ojos, y serán como dioses, sabiendo el bien y el mal".
(Gen 3, 5). 

Como si dijera:

"Dios, por envidioso, les prohibió todo eso, no queriendo que ustedes fueran semejantes a él en la ciencia". 

He aquí como la adulación serpentea y la calumnia inocula el veneno. 
En cambio, el que tiene la lengua en ayunas, escupa en la boca de la serpiente y lo mate; y así se libere de él.

"Y si beben algún veneno, no les hará daño". 

Comenta la Glosa:

"Mientras escuchan las pestíferas sugestiones, pero no las llevan a cabo, es como si bebieran algo mortífero, que, no obstante, no les hará daño".

Dice Isaías:

"No beberán vino cantando, toda bebida les será amarga a los bebedores". (24, 9).

Y por esto no les hará daño. 
No bebe cantando el vino de las sugestiones diabólicas aquel, que no las consiente, y, más bien, las rechaza, sufre por ellas y llora; y por eso la bebida misma, o sea, la sugestión diabólica, es amarga para los que la beben, o sea, para los que son importunados y la sufren.

Al contrario, Joel dice:

"Despiértense, ebrios; y lloren y clamen ustedes que beben vino con placer, porque les será quitado de su boca". (1, 5). 

Esto sucede justamente de manera literal, porque el placer del vino desaparece de la boca, apenas pasa por la garganta.

Oh! Cuántos males ocasiona un brevísimo placer a aquel que, con el consentimiento de la mente y de las obras, bebe el vino de la sugestión diabólica! 
A los ebrios por este vino se les dice:

"Despiértense y recuerden sus pecados, lloren en la contrición del corazón y clamen en la Confesión!".

El que hubiere realizado los cuatro signos anteriores, con toda certeza podrá ejecutar también el quinto: "impondrán sus manos sobre los enfermos; y éstos sanarán".

Enfermo se dice en latín aeger, que suena como egens, necesitado de un remedio o de una medicina.

El enfermo es el pecador, que tiene urgente necesidad de la medicina, o sea, del ejemplo de las buenas obras. E impondrá las manos sobre él para que se cure, o sea, para que vuelva a la penitencia, aquel que no sólo lo conforta con la palabra de la predicación, sino también con el ejemplo de la vida santa.
Amén! Así sea!.

ORACION.

Oh Dios, que mitigaste para los tres jóvenes los ardores del fuego; concede propicio que la llama de los vicios no nos abrase a nosotros tus siervos. 
Por Nuestro Señor Jesucristo Tu Hijo que vive y reina contigo en la Unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.

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