MEDITACION DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA EL IV DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANIA.


MEDITACION DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA El DOMINGO CUARTO DESPUÉS DE REYES.
(IV DESPUES DE EPIFANIA)
(Domingo de la Tempestad Calmada).
(Mt 8,23-27).

DE LA FIDELIDAD QUE SE DEBE TENER A LA OBEDIENCIA A PESAR DE LAS MÁS VIOLENTAS TENTACIONES.

PUNTO I.

Mientras Jesús estaba en una barca, surgió en el mar tan recia tormenta que la las olas cubrían la barca. Habiéndolo avisado de ello sus discípulos, se levantó y mandó a los vientos y al mar que se apaciguasen, y se produjo gran bonanza, lo cual maravilló tanto a los que estaban presentes, que decían: ¿Quién es este hombre, a quien los vientos y el mar obedecen?
Vivir en comunidad regular es estar en la barca con Jesús y sus discípulos; pues quienes moran en ella, habiendo dejado el mundo para seguir a Jesús, se han puesto por ello bajo su guía y entran a formar parte del número de sus Discípulos, y se encuentran a cubierto de las olas del tormentoso mar del mundo; es decir, de las numerosas ocasiones que en él hay para ofender a Dios.

Con todo, no se está en ella exento de dificultades y tentaciones. 
Las más peligrosas y nocivas son las que inducen a no obedecer, o a no obedecer de la manera como se ha de hacer. 

Pues como a una comunidad no se debe haber venido sino para obedecer, en cuanto uno se aleja de la obediencia, se priva de
las gracias que necesita para mantenerse en su estado. 
Por eso es importante que las personas que viven en comunidad dispongan de los medios de preservarse contra estas clases de tentaciones.

Es, por lo tanto, muy conveniente, que vosotros, que estáis todos los días expuestos a ellas, contéis con los remedios que os mantengan libres de sus malas consecuencias. 
En eso habéis de poner todo vuestro cuidado y toda vuestra aplicación, porque de ello depende, de ordinario, vuestra fidelidad a la vocación.

Así, pues, lo que más tenéis que pedir a Dios es que os enseñe a obedecer, y a obedecer bien, a pesar de los obstáculos y las dificultades que el demonio hará nacer en vosotros para quitaros el gusto de ello.

PUNTO II.

Las tentaciones y dificultades más importantes y ordinarias contra la obediencia se refieren al que manda, o a lo mandado. 
Las que se refieren al que manda, proceden de que no se lo mira más que como hombre, aunque para nosotros ocupe el lugar de Dios; y sólo habría que considerarlo entonces en calidad de tal, ya que no hay ningún poder, dice San Pablo, que no venga de Dios, particularmente cuando se trata de disponer, mandar o prohibir algo
concerniente a la salvación.

Sin duda, para hacérselo entender a los hombres y lograr que lo recordasen, la mayoría de las veces en que Dios ordena algo en el Antiguo Testamento, añade después de hacerlo: 

"Yo soy el Señor, o Yo soy el Señor Dios vuestro".

Y así como uno no puede dispensarse de obedecer a Dios, tampoco, en consecuencia, se puede, en una comunidad, faltar a la obediencia respecto a sus superiores, sin hacerse culpable de desobediencia respecto a Dios.

Por esto, por grande que fuere la dificultad contra un superior, esa dificultad debería referirse sólo a la persona, y no a su cualidad; pues obedeciéndolo, no es a él personalmente a quien se obedece, sino a Dios.

No aleguéis, pues, nunca más vuestras dificultades con los superiores para dispensaros de obedecerlos, pues sería hacerlas recaer sobre Dios mismo.

PUNTO III.

El segundo tipo de tentaciones contra la obediencia que se debe a los superiores, y el más ordinario, es que no se puede cumplir lo que mandan
porque es demasiado difícil y se siente demasiada repugnancia.

Pero ninguna de estas dos razones debe impedir obedecer, si se considera que lo mandado y lo que se ejecuta al obedecer es la voluntad de Dios.

Dios conoce lo que podéis hacer, y no puede mandaros cosas superiores a vuestras fuerzas. 

Si son difíciles en sí mismas, a Él le toca daros la facilidad de ejecutarlas; pues corresponde a Dios, dice San Pablo, otorgarnos no sólo la voluntad de hacer el bien, sino también la Gracia de realizarlo. 

Y la voluntad, prevenida y sostenida por la gracia de Dios para el bien, no encuentra nada difícil en la ejecución, pues Dios allana todas las dificultades que puedan sobrevenir.

Eso es lo que se mostró en aquellos inferiores que se arrojaron al fuego sin experimentar daño alguno, o que hicieron, a la primera orden de sus superiores, otras cosas tan difíciles como ésa. 

¿No realizó Jesucristo por obediencia algo bien difícil para Él, como morir en la Cruz por los pecados de todos los
hombres?

Debe uno vencer tanto sus repugnancias como sus dificultades respecto de las cosas mandadas, pues querer obedecer sólo en cosas hacia las que se siente inclinación, es querer hacer su propia voluntad y no la de Dios. 

Sin embargo, hay que persuadirse de que al obedecer se ejecuta la voluntad de Dios, como lo sabemos por San Pablo, que hablando a quienes están obligados a obedecer, les dice: 

"Haced de buena gana todo lo que ejecutáis, como quien obedece a Dios, no a los hombres". 

Y también Casiano dice que hay que realizar lo que mandan los superiores como si fueran mandatos que Dios hubiera dado desde lo alto del cielo, que habría que ver, sin duda, como tales, y a los que no se dejaría de ser fiel.

ORACION:

Oh Dios, que conocéis nuestra fragilidad y sabéis que no podemos resistir entre tantos peligros como nos cercan; concedednos la Salud de alma y cuerpo, para que venzamos, con vuestra asistencia, los males que padecemos por nuestros pecados. Por Nuestro Señor Jesucristo, Tu Hijo que vive y reina contigo en la Unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.

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