MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DIA DE LA SEMANA SANTA.
MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DIA DE LA SEMANA SANTA.
MIERCOLES SANTO:
Del deseo que Jesucristo tenía de padecer y morir.
PUNTO I.
Jesucristo, que no descendió del Cielo a la tierra sino para preparar la Salvación de los hombres, y que sabía que este designio sólo se realizaría sufriendo mucho y muriendo en la Cruz, al encarnarse se ofreció al Padre Eterno para sufrir todo cuanto le pluguiere, a fin de satisfacer por nuestros pecados.
Pues, dice San Pablo, era imposible que se borraran los pecados con la sangre de carneros y de toros.
Por lo cual, dice el mismo San Pablo, dijo a Dios:
"Los holocaustos y sacrificios
por el pecado no te han agradado; entonces dije:
heme aquí, vengo para
cumplir tu Voluntad".
Y es esa Voluntad, dice el mismo Apóstol, la que nos ha santificado, por la ofrenda que Jesucristo hizo una sola vez de su cuerpo.
Adorad la Santa disposición que tuvo Jesucristo al venir al mundo, y que ha seguido teniendo siempre, de padecer y morir por nuestros pecados y por los de todos los hombres.
Agradecedle Bondad tan grande y haceos dignos de recibir sus frutos, participando vosotros mismos en sus sufrimientos.
PUNTO II.
El tierno Amor de Jesucristo a los pecadores le puso en la disposición no sólo de padecer y morir por nosotros, sino también de concebir ardiente deseo de ello, que lo movía a exclamar, suspirando por la destrucción del pecado:
"He venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué he de desear, sino que arda?"
Pero veía que ese fuego de Amor de Dios sólo podía arder en nosotros mediante la destrucción del pecado, y que el pecado no podía ser destruido sino por sus padecimientos y por su muerte.
Eso es lo que le hacía añadir, al hablar de su muerte:
"Hay un bautismo con el que tengo que ser bautizado:
¡Oh, cuánto me tarda el verlo cumplido!"
Con estas palabras dejaba traslucir cuán grande era la pena que experimentaba al ver que el designio de su muerte, que tan beneficiosa había de ser para los hombres, tardase tanto en realizarse; ya que su dilación también retrasaba la Salvación de los hombres.
¿No os produce sonrojo que Jesucristo haya deseado tanto vuestra Salvación, y que siga deseándola todavía hoy con tanta vehemencia, y que vosotros correspondáis tan mal a tan ardiente deseo?
PUNTO III.
Jesucristo no se contentó con haber mantenido durante toda su vida este deseo de morir por nosotros.
Cuando vio que la Hora de su muerte se acercaba, dio testimonio de gozo, que lo movió a decir a sus Apóstoles al celebrar con ellos la última Pascua, que durante mucho tiempo lo había deseado, y que sentía incluso deseo ardiente de celebrar aquella Pascua con ellos, porque sabía que
había de ser la última acción de su vida mortal, y la última comida que había de tener con sus Apóstoles antes de padecer y morir por nosotros, que era lo que deseaba con más vehemencia.
Esto lo impulsó a decir, poco antes de su muerte, que tenía sed; que los Santos Padres aplican a la sed de nuestra Salvación que le apremiaba.
Y también por ello, al morir, profirió aquellas palabras, que todo estaba consumado, porque su ardiente deseo de sufrir por Nuestra Salvacion se había cumplido.
Ahora sólo resta, por vuestra parte, como dice San Pablo, acabar en vosotros lo que falta a la Pasion de Jesucristo; esto es, aplicárosla mediante la participación que tengáis en sus padecimientos.
Haceos, pues, dignos de tal Gracia.
ORACIÓN:
Oh Dios, que quisiste que tu Hijo sufriese por nosotros muerte de cruz, para librarnos del poder del enemigo; concede a tus siervos la gracia de tener parte en su Resurrección.
Por Nuestro Señor Jesucristo Tú Hijo que contigo vive y reina en la Unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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