VIDA DE LOS SANTOS: Santos Tiburcio y Máximo, Mártires.
VIDA DE LOS SANTOS.
En los primeros siglos de la Iglesia, cuando confesar a Cristo significaba muchas veces perder la vida, surgieron innumerables testigos cuya sangre selló la verdad del Evangelio.
Entre ellos se cuentan los Santos Tiburcio y Máximo, Mártires romanos, discípulos según una tradición de San Valentín.
La Iglesia los conmemora el 14 de Abril.
Reconocidos por el Martirologio Romano y vinculados a la historia de Santa Cecilia hacia el siglo III
Valeriano, esposo de Cecilia, fue convertido por ella y luego convirtió a su hermano Tiburcio.
Ambos fueron martirizados y, tras presenciar su fortaleza, el oficial Máximo se convirtió y murió también por la fe.
Valerio, que se casó con Cecilia, fue por ésta convertido y consintió desde el primer día de casamiento en vivir en continencia perfecta.
Él, a su vez, convirtió a su hermano Tiburcio, con quien después de haber distribuido sus bienes a los pobres, se dedicó a sepultar los cuerpos de los Cristianos muertos por la Fe.
Conducidos ante Almaquio, prefecto de Roma, perseveraron en su fe y fueron decapitados.
Máximo, que los conducía al suplicio, de tal modo fue movido por sus palabras y entereza que renunció a las supersticiones del paganismo y obtuvo con ellos la Corona del Martirio.
Su historia no es la de hechos extraordinarios según el mundo, sino la de una fidelidad constante:
Creer, confesar, perseverar y finalmente ofrecer la propia vida.
En ellos se manifiesta con claridad el camino del Cristiano, que comienza en la conversión del corazón, se fortalece en la prueba y alcanza su plenitud en la entrega total.
La Iglesia los venera no solo como Mártires, sino como verdaderos Testigos de la Esperanza, pues en su muerte no se revela una derrota, sino la Victoria de Cristo en sus miembros.
Desde la Eternidad son contemplados como vencedores en Cristo.
Antes aún de considerar sus combates, la Iglesia presenta a los Mártires en la Gloria, coronados con la Palma de la Victoria.
Así se nos recuerda que el fin último de la Vida Cristiana es la Unión con Dios.
Adhesión a la Fe.
La Fe nace en lo profundo del corazón.
Tiburcio y Máximo, iluminados por la Gracia, acogieron la Verdad del Evangelio no solo con palabras, sino con una adhesión interior plena.
En este acto silencioso comienza toda verdadera santidad.
Confesión pública.
Lo que el corazón cree, la boca lo confiesa.
Ante los hombres, y aun frente a la Autoridad pagana, proclamaron sin temor su Fe en Cristo.
Su testimonio enseña que la verdad no puede permanecer oculta cuando ha sido recibida con sinceridad.
Prueba y persecución.
La fidelidad es probada en la adversidad.
Sometidos a amenazas y tormentos, no retrocedieron.
En medio de la persecución, su serenidad manifiesta la fuerza de una Fe arraigada en lo Eterno, que no se deja vencer por el temor.
Martirio.
Llegado el momento supremo, ofrecieron sus vidas como sacrificio.
El Martirio no aparece como un acto de violencia, sino como una ofrenda libre, en la que el Cristiano se configura plenamente con Cristo.
En su entrega, alcanzaron la Victoria definitiva.
Glorificación.
Consumado el Testimonio, entraron en la Gloria de Dios.
Rodeados de la Luz Celestial, participan ahora de la Vida Eterna prometida a los Fieles.
Su Martirio se revela así como un paso, no hacia la muerte, sino hacia la plenitud de la Vida.
“Fidelis usque ad mortem, et dabo tibi coronam vitae.”
(Ap 2,10).
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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