LITURGIA: LA SAGRADA OCTAVA DE PENTECOSTÉS.
LA SAGRADA OCTAVA DE PENTECOSTÉS.
La Sagrada Octava de Pentecostés emerge como una de las cumbres más fulgurantes y venerables de todo el año litúrgico en el Rito romano:
Una celebración de tan alta dignidad que no constituye una simple extensión de la Fiesta, sino un Unico y Místico día prolongado durante una semana entera, en el cual la Iglesia, Esposa de Cristo, se sumerge totalmente en el inefable Misterio del descenso del Divino Paráclito.
Esta Institución, que se remonta a los primeros siglos del Cristianismo y hunde sus raíces en la praxis Apostólica, posee una sacralidad altísima, porque representa el cumplimiento y la plenitud de la Gracia Pascual.
Tanto es así que, en la antigüedad, los neófitos bautizados en la Vigilia de Pentecostés deponían sus vestiduras blancas recién al término de estos siete días Santísimos, durante los cuales el tiempo ordinario quedaba como suspendido para dejar espacio a la contemplación de la acción del Espíritu Santo, que consagra, unifica y gobierna a la Iglesia católica.
Dentro de esta semana privilegiada de Gracia, el Lunes de Pentecostés reviste una importancia dogmática y litúrgica monumental, resplandeciendo con luz propia gracias a la proclamación del Santo Evangelio tomado del capítulo tercero de San Juan, donde Nuestro Señor Jesucristo revela a Nicodemo la fuente misma de la Salvación, diciendo que Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Este texto, leído en ese preciso día dentro del contexto del Rito Romano, ilumina de modo sublime la Teología de Pentecostés, porque muestra que el Espíritu Santo es el Don por excelencia, el Amor sustancial del Padre y del Hijo que se derrama sobre la humanidad redimida por el sacrificio de la Cruz.
Pero, al mismo tiempo, el Evangelio lanza una severa y tremenda advertencia al recordar que el juicio consiste en esto:
Que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz.
Así enseña con gravedad que la gracia Divina no es un don barato o indiferente, sino que exige el asentimiento total de la mente y del corazón, bajo pena de condenación eterna para quienes rechazan la obra del Paráclito.
Precisamente por estas razones aparece en toda su dramaticidad el grave y funesto error cometido con la reforma litúrgica de 1968, la cual, movida por un deplorable espíritu de modernismo y por una prisa racionalista orientada a simplificar los ritos en detrimento de la piedad secular, decretó la repentina y brutal abolición de la Octava de Pentecostés del Calendario.
Esta mutilación no fue un mero detalle organizativo, sino un verdadero trauma Teológico y espiritual infligido al Pueblo Cristiano, pues al cancelar de golpe siete días de oración estacional y de reflexión Pneumatológica, se precipitó a los fieles abruptamente en el llamado "tiempo ordinario" al día siguiente de la Fiesta, como si la venida del Espíritu Santo fuese un acontecimiento pasajero de veinticuatro horas y no la realidad perenne que fecunda a la Iglesia.
Fue una decisión nefasta que debilitó gravemente el sentido de lo Sagrado y la percepción de la Majestad Divina, reduciendo el Culto a medida del hombre e interrumpiendo una Tradición ininterrumpida, común también al Oriente Cristiano.
Profundizando la reflexión mediante el análisis de los más doctos comentaristas de la Liturgia, de los teólogos Fieles a la Tradición y de los documentos históricos que examinan aquel atormentado período de reformas, emerge con claridad que la supresión de la Octava fue un acto de violencia pastoral que empobreció el patrimonio de la Iglesia Romana, destruyendo aquel admirable equilibrio en el cual la Ley de la oración reflejaba perfectamente la Ley de la Fe.
Ilustres estudiosos y Prelados vinculados a la Sagrada Tradición han señalado unánimemente que esta elección favoreció una mentalidad secularizante y desacralizadora, incapaz de soportar la duración y la solemnidad de los Ritos antiguos, prefiriendo el utilitarismo pastoral a la majestuosa adoración debida a Dios.
Por este motivo, la custodia o el restablecimiento de esta Sagrada Octava en el Rito Romano permanece como un baluarte indispensable para la defensa de la Verdadera Fe y para la restauración de la dignidad Liturgica Católica.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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