MEDITACIONES DE SAN ANTONIO DE PADUA PARA EL TIEMPO DE LA ASCENSION.


MEDITACIONES DE SAN ANTONIO DE PADUA PARA EL TIEMPO DE LA ASCENSIÓN.

"Atravesé este Jordán llevando sólo mi cayado, y ahora regreso con dos campamentos”.
(Gen 32, 10). 

Estas palabras las pronunció Jacob, al regresar de Mesopotamia a su tierra natal. 
Pueden muy bien aplicarse a Cristo, que de esta tierra retorna al Padre, teniendo como báculo la cruz.

Se lee en el primer libro de los Reyes:

“Dijo el filisteo a David:
Soy yo, quizás, un perro, para que vengas contra mí con un bastón?” (17, 43). 

El filisteo, que se interpreta: "beodo que está por caer” o “doble ruina”, es figura del diablo, que, embriagado de soberbia, cayó del Cielo, y después hizo caer al hombre en la doble ruina del alma y del cuerpo.

Es llamado perro, porque con sus sugestiones ladra contra los inocentes, y no reconoce al amo, o sea, a su Creador. 
Nuestro David, Cristo, para luchar contra él en nuestro favor, lo enfrentó con el bastón de la cruz. 
He ahí porque en el mismo Libro de los Reyes se dice un poco antes: 

“David tomó su bastón, que siempre llevaba en la mano; se escogió del torrente cinco guijarros lisos del torrente, y los colocó en su alforja de pastor, que llevaba consigo; después, tomó en la mano una honda y se encaminó contra el filisteo”. (17,40).

He ahí las armas con las que Jesucristo mató a nuestro enemigo. 
Cristo tuvo siempre en sus manos el bastón de la Cruz:
Antes de la Pasion lo tuvo en sus obras; en la Pasion fue clavado con sus manos en la Cruz; y después de la Pasion conservó en sus manos las heridas, para mostrárselas al Padre por nosotros. 
Dice Isaías:
 
“He ahí que yo te escribí en mis manos". (49, 16).

Observa que, para escribir, son necesarios al menos tres útiles:
El papel, la pluma y la tinta. 
El papel fue la mano de Cristo; la pluma, el clavo; y la tinta, la sangre. 
Esta escritura ofrece la prueba de nuestra liberación, impugna al enemigo y nos reconcilia con Dios Padre.

Los cinco guijarros bien lisos simbolizan las cinco llagas de Jesucristo, que El escogió del torrente de nuestra mortalidad. 
La alforja de pastor simboliza el amor, con el cual nos amó hasta el fin. 

“El buen pastor había dicho‑ expone la vida por sus ovejas”. (Jn 10, 11). 

En esa alforja echó los cinco guijarros bien lisos, porque, por el amor que nos tenía, recibió en si mismo las cinco llagas, que nos hicieron bien lisos, o sea, puros y luminosos.

La honda, que tiene dos tiras de cuero del mismo largo, simboliza la imparcialidad de la justicia, por la cual condenó al diablo y arrancó de sus manos al género humano. 
Era justo e imparcial, que el diablo perdiera al género humano, sobre el cual parecía jactarse de algún derecho:
Ese diablo se atrevió a extender sus manos contra Cristo, sobre el cual, ciertamente, no tenía ningún derecho. Dice Jesús: 

“Viene el príncipe de este mundo; pero sobre mí no tiene poder alguno”. (14, 30).

Porque:

“Yo Soy libre en medio de los muertos”. (Salm 87, 6).

Pese a todo, Cristo pasó por la muerte, para liberar a los muertos.

En efecto, dice: 

“Con mi bastón crucé este jordán”. “Del torrente beberá en el camino; y por eso levantará la cabeza”. (Salm 109, 7). 

Con el bastón de la Cruz, Cristo, solo, pobre y desnudo, pasó de la orilla de nuestra mortalidad a la orilla de su inmortalidad, a través del río del juicio ‑esto significa el nombre del jordán‑, o sea, a través del derramamiento de su sangre, con la cual juzgó al diablo, o sea, lo condenó y destruyó su poderío.

Y de cuán grande utilidad para nosotros fue el “pasaje” (Pascua) de Cristo, nos lo explica lo que sigue:
“Y ahora”, o sea, hoy, “regreso con dos campamentos”.

Su partida del Padre y su retorno al Padre, su incursión a los infiernos y su ascensión hasta el trono de Dios:
He ahí toda la trayectoria de Cristo; he ahí también:

"El círculo, o anillo, puesto en las narices de Behemot”. 
(Job 40, 15).

O de Sennaquerib, al cual dice el Señor por boca de Isaías: 

“Pondré un garfio en tus narices y un freno en tus labios, y te haré volver por el camino por el cual viniste”. (37, 29).

Cristo, Sabiduría del Padre, que, como el círculo, no tiene principio ni fin, saliendo del Padre y a El regresando, juntando en sí mismo todas las cosas y encerrándolas todas en su seno, desenmascaró la perfidia del diablo, simbolizada en las narices. 
Como a través de las narices percibimos las cosas distantes, así el diablo, con la agudeza de su astucia, pondera el vicio hacia el cual el hombre está más propenso, y se esfuerza por capturarlo mediante aquel vicio.

En el freno hay dos elementos: el hierro y la rienda. 
El hierro se pone en la boca del caballo y con la rienda se lo frena y se lo maneja.

Cristo, en su Pasion, con los clavos y con la rienda de su humanidad labré un freno, para domar y frenar al diablo, para que no corriera a su gusto, sino que, más bien, regresara por el camino por el cual había venido. Había venido por medio de Eva, Adán y el fruto del árbol prohibido. Debió regresar; y lo que pérfidamente había arrebatado, lo perdió por medio de Maria, Cristo y el madero de la cruz. 
Con ese bastón, nuestro Jacob, que suplantó al diablo, cruzó este jordán, y hoy, con dos campamentos, retornó al cielo.

“Jacob dividió en dos campamentos a toda la gente que estaba con él”.
(Gen 32, 7).

En el primer campamento, las esclavas y sus hijos; y en el segundo, las libres, o sea, Lía y Raquel, con sus hijos. 
Estos dos grupos simbolizan a la iglesia, formada por los dos pueblos:
El pueblo pagano, indicado por las esclavas, y el pueblo judío, indicado por las personas libres, por haber dado al mundo el conocimiento de Dios y su Ley.

A esta Iglesia Cristo la conquistó en medio de muchos sufrimientos, en Mesopotamia, o sea, en el mundo, y hoy retornando al cielo, la llevó consigo, porque ella conservó consigo su fe y su devoción, para que su corazón y su vida ya no estuvieran en la tierra sino en el Cielo.

Y al Cielo nos lleve también a nosotros aquel, que es el Dios Bendito por los siglos. 
Amén! Así sea!

ORACIÓN:

Dios Todopoderoso, concede a quienes creemos que tu Hijo y Salvador nuestro ha subido hoy a los Cielos, vivir en ascensión continúa hasta alcanzar la Eterna Morada. 
Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la Unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.

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