MEDITACIÓNES DE SAN ANTONIO DE PADUA PARA LAS FIESTAS DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA.
MEDITACIONES DE SAN ANTONIO DE PADUA PARA LAS FIESTAS DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA.
Santidad y Gloria de la Bienaventurada Virgen María.
Presta atención a estos tres elementos:
El vaso, el olivo y el ciprés.
La Bienaventurada María fue “un vaso” por la humildad, “de oro” por la pobreza, “macizo” por la virginidad, “adornado con toda clase de piedras preciosas” por los carismas y privilegios.
La concavidad del vaso lo hace adecuado para recibir lo que se le vierte; y por ende simboliza la humildad, que acoge la Gracia de las infusiones Celestiales.
En cambio, el orgullo inhibe tales infusiones.
El Señor, en el Éxodo, ordenó que en el Altar se cavara una fosa, en la que se guardaran las cenizas del sacrificio (27, 4).
En la fosa de la humildad se guarda la ceniza, o sea, el recuerdo de nuestra mortalidad.
Y del penitente dice Jeremías:
“Pondrá su boca en la sepultura”.
(Lam 3, 29).
O sea, hablará de la sepultura que seguirá a su muerte.
Se dice en el Génesis que:
“Abraham sepultó a Sara en una doble caverna, que miraba hacia Mambré”. (23, 19).
La doble caverna es la humildad del corazón y del cuerpo, en la que el Justo debe sepultar su alma, fuera del tumulto de las cosas seglares.
Y esta humildad debe mirar hacia Mambré, que se interpreta: “transparencia”, e indica el esplendor de la Vida Eterna y no de la gloria temporal.
Hacia ella miró la humildad de la bienaventurada Virgen; y por esto mereció:
“Ser mirada”. (Lc 1, 48).
Y como la humildad se conserva con la pobreza, por eso se dice vaso “de oro”.
Y con razón la pobreza es llamada “oro”, porque vuelve ricos y esplendentes a los que la poseen. Donde hay la verdadera pobreza, allí hay lo que es suficiente; en cambio, donde hay abundancia, allí hay indigencia.
Por esto dice el filósofo Walther:
“Raramente hay un daño que no venga de la abundancia”.
Y Séneca:
“No considero pobre aquel a quien basta lo poco que le sobra”.
Dice Bernardo:
“En el Cielo había abundancia de todas las cosas; sólo faltaba la pobreza.
En cambio, la pobreza abundaba en la tierra; pero el hombre no conocía su valor.
Vino, pues, el Hijo de Dios a buscarla, para hacerla preciosa con su aprecio”.
De este oro se dice en el Génesis que:
“En la tierra de Hevilá nace el oro, y el oro de esa tierra es óptimo”.
(2, 11‑12).
Hevilá se interpreta: “parturienta”; y es figura de la dichosa Virgen, que dio a luz al Hijo de Dios y lo envolvió con los pañales de la áurea pobreza.
Oh espléndido oro de la pobreza!
El que no te posee, aunque tuviera todo lo demás, nada posee!
Las cosas temporales hinchan; e, hinchando, vacían.
En la pobreza hay la alegría, y en las riquezas la tristeza y la lamentación. Dice Salomón:
“Más vale un mendrugo seco con alegría que un novillo cebado con discordia, o una casa llena de reses faenadas”, o con las riquezas acumuladas con violencia a dańo de los pobres".
Y de nuevo:
“La mente tranquila es como un perenne banquete.
Más vale poco con el temor del Señor que grandes tesoros que no sacian”.
Y también:
“Más vale habitar en un país desierto ‑o sea, en la pobreza‑ que con una mujer pendenciera y de mal genio”, o sea, en la abundancia de las cosas materiales".
Y en fin:
“Más vale habitar en un rincón de la terraza”, o sea, en la humildad de la pobreza,
que compartir la casa con una mujer peleadora”.
(Prov 17, 1; 15, 15‑16; 21, 19; 21, 9).
Y porque la humildad y la pobreza de la Bienaventurada María fueron adornadas con la integridad de la virginidad, por eso el texto Sagrado añade:
“Vaso de oro macizo”.
La Feliz Virgen fue “maciza” por la Virginidad, y por eso pudo contener la Sabiduría.
En cambio, dice Salomón:
"El corazón del necio es como un vaso rajado, que no puede contener la sabiduría”.
(Sir 21, 17).
Este vaso fue hoy adornado con toda clase de piedras preciosas, o sea, con todo privilegio de dones celestiales. juntó en sí los méritos de todos los santos aquella, que engendró al Creador y al Redentor de todos.
Acerca de este vaso, adornado con toda clase de piedras preciosas, tenemos una concordancia en el Libro de Ester, donde se dice que:
“Cuando le tocó el turno de presentarse delante del Rey, Ester no buscó adornos femeninos y no pidió nada fuera de lo que le indicaba Hegué, el custodio de las vírgenes.
Ella era muy agraciada y de increíble belleza; y aparecía amable y graciosa a los ojos de todos.
Fue llevada a la cámara del Rey Asuero.
Y el Rey la amó más que a todas las demás mujeres y puso sobre su cabeza la diadema real”.
(2, 15‑17).
Ester se interpreta: “escondida”, Hegué “solemne” y Asuero: “bienaventuranza”.
Ester es figura de la Santa Virgen María que permaneció escondida y cerrada por todas partes; y el Ángel mismo la halló en un escondrijo.
Hegué, custodio de las vírgenes, es figura de Jesucristo.
Conviene que a las vírgenes sea asignado tal custodio, que es solemne y es eunuco: solemne y festivo, para no contristar a los pusilánimes; y eunuco, para no ofender la integridad de las vírgenes, sino para custodiarla. Y está bien que estas dos cualidades estén juntas, porque a menudo sucede que el afecto se desvanece con la excesiva alegría, o que el casto afecto se acompañe a una exagerada severidad.
Cristo tuvo en sumo grado ambas cualidades, y por eso resulta el más perfecto custodio de las vírgenes.
Como Hegué, salió alegremente al encuentro de las mujeres, diciéndoles:
"Salud a ustedes!” (Mt 28, 9).
Pero hizo esto sólo después de la Resurrección, cuando su cuerpo ya era inmortal.
Antes, fue tan reservado que no se lee que haya saludado a mujeres.
“También los Apóstoles, como dice Juan, se maravillaron que hablara con una mujer”. (4, 27).
Este Custodio (Cristo) adornó a nuestra Ester, o sea, a la Bienaventurada Virgen tanto más ricamente en cuanto Ella para nada buscó adornos femeninos.
Tampoco quiso tenerse a sí misma ni a algún otro como “adornador”, sino que totalmente se confió a la Voluntad del Custodio, quien la adornó de modo tan sublime, que hoy ella es exaltada por encima de los ángeles.
Esta nuestra Ester fue muy agraciada, cuando la saludó el Ángel; fue de increíble belleza, cuando sobrevino el Espíritu Santo; y fue amable y graciosa a los ojos de todos, cuando concibió al Hijo de Dios.
Después de haber concebido al Hijo de Dios, su rostro llegó a ser tan esplendente por el fulgor de la Gracia, que ni el mismo José podía fijar la mirada en ella.
Y no debemos asombrarnos.
Si los hijos de Israel no podían fijar sus ojos en el rostro de Moisés, por el esplendor de ese rostro, aunque fuera efímero (2 Cor 3, 7); dice también el Éxodo:
“Aarón y los israelitas, al ver tan radiante el rostro de Moisés, después de haber conversado con el Señor, tuvieron miedo de acercarse a él”. (34, 29‑30).
Tanto menos José se atrevía a acercarse y a fijar la mirada en el rostro de la Virgen Gloriosa, esplendente por los rayos del Verdadero Sol, que llevaba en el seno.
En efecto, el Verdadero Sol estaba como cubierto por una nube, y a través de los ojos y del rostro de su Madre despedía rayos de áureo fulgor.
Este rostro está embellecido con todas las gracias y es estupendo a los ojos de los Ángeles.
Ellos desean fijar su mirada en ese rostro, porque brilla como el sol, cuando resplandece en todo su fulgor.
Y la Feliz Virgen es amable y graciosa a todo el mundo; y por eso fue digna de acoger al Salvador.
Esta nuestra Ester, es llevada por las manos de los Ángeles hasta la cámara del Rey Asuero, o sea, hasta el etéreo tálamo, en el cual sobre un Trono de estrellas está sentado el Rey de los reyes, la Bienaventuranza de los Ángeles, Jesucristo, que amó a la Virgen Gloriosa más que a todas las mujeres y de la que tomó carne humana.
Y Ella, delante de El, halló Gracia y Misericordia por encima de todas las mujeres.
Oh incomparable dignidad de María! Oh inefable sublimidad de la Gracia! Oh inescrutable abismo de Misericordia!
Cuándo, pues, a un Ángel o a un hombre les fueron dadas o les serán dadas una Gracia tan grande y una Misericordia tan sublime, cuantas le fueron dadas a la Bienaventurada Virgen, a quien Dios Padre quiso que fuera la Madre de su propio Hijo, igual a sí mismo y engendrado antes de todos los siglos?
Grandísimas serían la Gracia y la dignidad, si alguna pobrecilla mujer tuviera un hijo con el Emperador.
A todas luces, superior a toda Gracia fue la de la Bienaventurada María, que tuvo un Hijo en común con Dios Padre; y por ende hoy mereció ser coronada en el Cielo.
Y se añade:
“Y puso sobre su cabeza la Corona del Reino”.
Dice Salomón en el Cantar de los Cantares:
“Hijas de Jerusalén, salgan y contemplen al Rey Salomón con la diadema, con la que lo coronó su madre, en el día de sus bodas”. (3, 11).
La dichosa María coronó al Hijo de Dios con la diadema de la carne humana en el día de sus desposorios, o sea, en el día de la Concepción del Hijo, por la cual la Naturaleza Divina, como un esposo, se unió a la naturaleza humana, como una esposa, en el tálamo de la misma Virgen.
Por eso su Hijo en este día coronó a la Madre con la diadema de la Gloria Celestial.
Salgan, pues, y contemplen a la Madre de Salomón con la diadema con la cual la coronó su Hijo en este día!
Con toda razón, pues, se dice:
“Como un vaso de oro macizo, adornado con toda clase de piedras preciosas”.
“Como un olivo que se expande”.
El olivo es el árbol, la aceituna el fruto y el jugo el aceite.
El olivo, ante todo, produce una flor perfumada, de la que se forma la aceituna, que antes es verde, después es rojiza y en fin llega a la madurez.
La Bienaventurada Ana fue como el olivo, del que brotó la cándida flor de incomparable perfume, o sea, la Bienaventurada María, que fue “verde” en la Concepción y en la Natividad del Hijo de Dios.
Se dice “verde” (viridis) en cuanto conserva la fuerza (vím).
La Bienaventurada Virgen permaneció “verde” en la Concepción y en la Natividad del Salvador y conservó la fuerza de la Virginidad.
Permaneció Virgen antes del parto y en el parto; fue roja en la Pasion del Hijo, cuando:
“La espada traspasó su alma”.
(Lc 2, 35).
Y llegó a la madurez hoy germinando, o sea, floreciendo con alegría, en la Bienaventuranza de la Gloria Celestial.
Por eso, compartiendo su alegría, cantamos en el introito de la Misa:
“Alegrémonos todos en el Señor".
En la Misa se lee el Evangelio:
“Jesús entró en una aldea”.
(Lc 10, 38).
Aldea se dice en latín castéllum, castillo, o castrum, fortificación, y suena casi como casto, o que allí fue cercenada la libido.
El enemigo, cuando asalta con ímpetu la fortificación desde el exterior, impide que los habitantes se entreguen a la molicie o sean contaminados por la lujuria.
La vehemencia de la batalla contra la fortificación elimina el estímulo de la libido.
Observa que el castillo consta de un muro que lo circunda y de una torre en el centro.
El castillo es la Bienaventurada María, que brilló con el esplendor de una castidad perfecta; y por eso en ella entró el Señor.
La muralla que la defendía, rodeando la torre, fue la Virginidad.
Y la torre que defendía la muralla, fue su Y la torre se llama así, porque es (en latín) teres, o sea, enhiesta y alta. La humildad de la Bienaventurada María fue enhiesta y alta:
“enhiesta”, porque sólo miró a aquel que a su vez “miró su humildad”; y “alta”, porque, cuando ella pronunció las palabras de la humildad:
“He aquí la esclava del Señor”:
Fue elegida Reina del Cielo.
La Virgen María fue a la vez “Marta” y “María”.
Fue “Marta”, cuando envolvió al niño Jesús en pañales, cuando lo recostó en el pesebre, cuando lo amamantó con su pecho lleno de cielo, cuando con El huyó a Egipto y cuando con El regresó a la Patria; y fue “María”, cuando, como dice Lucas:
“Conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”
(Lc 10, 38 y 2, 19).
“Como ciprés que sube a lo alto”.
La Bienaventurada María, como un ciprés, hoy se elevó más en alto que todos los Ángeles.
A este propósito tenemos una concordancia en Ezequiel:
“Sobre el firmamento, que estaba por encima de las cabezas de los cuatro seres vivientes, apareció algo como una piedra de zafiro, con figura de trono; y encima de esta especie de trono, en lo más alto, una figura con semblanza de Hombre”. (1, 26).
En los cuatro seres vivientes están representados todos los Santos, adornados con las cuatro virtudes e instruidos en la Doctrina de los cuatro Evangélios.
En el firmamento están indicados los Ejércitos Angélicos, confirmados por la Potencia del Omnipotente.
En el Trono está figurada la Bienaventurada Virgen María, en la cual el Señor se humilló, cuando de ella recibió la carne humana.
El Hijo del Hombre es Jesucristo, Hijo de Dios y del Hombre.
En la Gloria celestial, que está por encima de la cabeza de los cuatro seres vivientes, o sea, de todos los santos, hay el firmamento, o sea, los Ángeles y por encima de los Ángeles, el Trono, o sea, la Bienaventurada Virgen; y por encima del Trono, el Hijo del Hombre, Jesucristo.
Te suplicamos, Señora Nuestra e Inclita Madre de Dios, exaltada por encima de los Coros de los Ángeles, que llenes el vaso de nuestro corazón con la Gracia Celestial; que nos hagas resplandecer con el oro de la Sabiduría; que nos sostengas con la Potencia de tu intercesión; que nos adornes con las preciosas piedras de tus Virtudes y que derrames sobre nosotros, oh aceituna Bendita, el aceite de tu Misericordia, con el que cubras la multitud de nuestros pecados; y así merezcamos ser elevados a las Alturas de la Gloria Celestial y vivir eternamente dichosos con los Bienaventurados.
Dígnese concedérnoslo Jesucristo, tu Hijo, que en este día te exaltó por encima de los Coros de los Ángeles, te coronó con la Diadema del Reino y te colocó en el Trono del Eterno Esplendor.
A El sean honor y Gloria por los siglos Eternos.
Y toda la Iglesia responda:
Amén! Aleluya!
ORACION.
Dios Todopoderoso y Eterno, que has concedido a tus siervos, mediante la verdadera Fe, conocer la Gloria de la Trinidad Eterna y adorar su Unidad en sumo poder, te rogamos que, permaneciendo firmes en la misma Fe, seamos intrépidos ante toda adversidad.
Por Nuestro Señor Jesucristo Tú Hijo que siendo Dios vive y reina contigo en la Unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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