MEDITACIONES DE SAN ANTONIO DE PADUA PARA EL TIEMPO PASCUAL.


MEDITACION DE SAN ANTONIO DE PADUA PARA EL TIEMPO PASCUAL.

JUEVES DE LA IV SEMANA DESPUES DE PASCUAS.

Recriminación del mundo.
(2da. Parte).

Observa que en el corazón hay tres sentimientos:
La indignación, la sede de la sabiduría y el amor. 
El corazón es un órgano noble y desdeñoso, y no tolera que entre en él algo inmundo. 
La fornicación hace perder los resortes . la indignación, mientras se resigna a tragar tal bocado.

Asimismo, el corazón es sede de la sabiduría; pero el vino la hace perder. Con el corazón amamos; pero pierde este amor el que, embriagado por la codicia de las cosas temporales, no socorre al prójimo. 
Que el pecado de fornicación quite el corazón, fue demostrado por el ejemplo de Salomón, que se entregó a la adoración de los ídolos. 
Dice el Apóstol:

"Con el corazón se cree para obtener la justicia". (Rom 10, 10).

Pero la fornicación quita el corazón, en el cual está la Fe.

Por eso, a causa de la fornicación se pierde la Fe. 
Fornicación significa necatio formae, muerte de la forma, o sea, matanza del alma, formada a imagen y semejanza de Dios.

La vida del alma es la Fe. 
Dice el Apóstol:

"Cristo por medio de la Fe habita en nuestro corazón". (Ef 3, 17).

Pero la fornicación quita el corazón, en el cual está la vida; y así el alma muere, porque, al cesar la causa, cesa el efecto. 
Y por eso dice el Señor:

"El Paráclito lo convencerá del pecado, porque no creyeron en mí". 

El Paráclito, pues, a través de los Ministros de la predicación, convence al mundo del pecado de fornicación.

"Y convencerá de la justicia". 

La Justicia es la virtud que juzga rectamente y da a cada uno lo suyo. justicia es como decir iuris status, estado de derecho. 
Dice Agustín:

"La justicia es una disposición del espíritu que atribuye a cada uno la dignidad que le corresponde, teniendo en cuenta la utilidad común".

Hacen parte de la justicia:
El temor de Dios, el respeto de la Religión, la Piedad, la humanidad, el gozo de lo justo y de lo bueno, el odio del mal, el compromiso de la gratitud.

El mundo no posee esta Justicia, porque no teme a Dios, deshonra la Religión, odia el bien y es ingrato para con Dios.

"Convencerá de la justicia".

Que no hizo, porque, por los pecados cometidos, no se castigó según justicia.

"Convencerá de la justicia".

No suya, sino de los creyentes; y el mundo, confrontándose con los creyentes, será condenado. 
Cristo no dijo:
"El mundo no me verá".

Sino: 

"Ustedes, los Apóstoles, no me verán".

Y esto contra los mundanos, que dicen:

"Cómo podemos creer en lo que no vemos?"

Es Verdadera Justicia, o sea, Fe que justifica, creer en lo que no se ve.

O también:

"El Paráclito convencerá al mundo con respecto a la justicia de los santos". 

Dice el Señor por boca de Zacarías:

"Será tendida sobre Jerusalén la plomada". (1, 16). 

La plomada es un instrumento del albañil, y sirve para sopesar y apreciar. Puede ser una piedra o un plomo atado a un hilo, y con él se controla la perpendicularidad de las paredes. 

La Justicia de los Santos (su Santidad) es como una plomada que se tiende sobre Jerusalén, o sea, sobre toda alma fiel, para que mensure y conforme su vida según el ejemplo de la vida de ellos.

Cada vez que se celebran las Fiestas de los Santos, se aplica la plomada sobre la vida de los pecadores; y por ende celebramos las Fiestas de los Santos, para recibir de sus vidas una regla para nuestra vida. 
San Jerónimo nos amonesta:

"Es ridículo en las solemnidades de los Santos querer honrar con manjares a los que, como sabemos, subieron al Cielo a través de los ayunos".

Por cierto, amando al mundo y a su gloria, cuidando el cuerpo con sus placeres y acumulando dinero, no imitarnos la vida de los santos; más bien, su justicia (su santidad) será la contraprueba de que merecemos la condenación.

"El Paráclito convencerá al mundo de juicio".

Observa que en todo juicio son necesarias seis personas:

El juez, el fiscal, el reo y tres testigos. El juez es el Sacerdote‑, el fiscal y el reo es el pecador, que debe acusarse a sí mismo como reo. 
Los tres testigos son la contrición, la Confesión y la satisfacción, que dan testimonio al pecador que de veras está arrepentido. 
Dice Agustín:

"Sube, oh pecador, al tribunal de tu mente; la razón sea el juez, la conciencia el fiscal, el dolor el tormento, el temor el verdugo; el lugar de los testigos sea tenido por las obras. 
Los mundanos, que no quieren someterse a tal juicio, en el examen del último juicio serán condenados con sentencia eternamente irrevocable junto con su jefe, el diablo, quien ya fue juzgado".

El Apóstol Santiago, para instruir a estos hombres a cuidarse del pecado, a amar la justicia y a temer el juicio, en la segunda parte de la epístola del Domingo, añade:

"Bien saben, queridísimos hermanos míos: todo hombre sea pronto para escuchar y lento para hablar y lento para airarse; la ira del hombre no obra la justicia de Dios".(Sant 1, 19‑20). 

Todo hombre debe ser pronto para escuchar lo que dice el Apóstol:

"Huyan de la fornicación!" 
(1Cor 6, 18).

Dice el Señor con las palabras del Salmo:

"Si me escuchas, no habrá en medio de ti un nuevo dios, ni adorarás a un dios extraño". 
(80, 9‑10). 

El "nuevo dios" es el vientre que busca siempre nuevos alimentos. 
Este dios está en aquellos de los que habla el Apóstol:

"Su dios es el vientre; y se glorían de lo que es su vergüenza:
Ellos sólo piensan en las cosas terrenales". (Filp 3, 19).

El "dios extraño", que aliena al hombre de Dios, es la lujuria. 
Este dios es Baalfegor, que se interpreta: "El que devora las cosas antiguas". 
Esta es justamente la lujuria, mal viejo y morbo antiguo, que devora todos los bienes.

Concuerda con esto lo que se lee en el Libro de los Números:

"El pueblo fornicó con las hijas de Moab, que lo indujeron a tomar parte en sus sacrificios. 
El pueblo comió y adoró a sus dioses. Asi Israel abrazó el culto a Baalfegor. El Señor, airado, dijo a Moisés:
Toma a todos los cabecillas del Pueblo, y ahórcalos en los patíbulos contra el sol, para que el furor de mi ira se aleje de Israel".(25, 1‑4).

Las hijas de Moab, que se interpreta: "Del padre", son la gula, la lujuria y los demás vicios, que tienen por padre al diablo. 
Con estos vicios el pueblo mundano se entrega a la fornicación. 
Comen y adoran a sus dioses, porque están abandonados a la gula y a la lujuria; y por esto los cabecillas del pueblo deben ser colgados en los patíbulos.

Los cabecillas del pueblo son los cinco sentidos del cuerpo, que por los pecados cometidos deben ser colgados en los patíbulos de la penitencia. 
Y esto contra el sol. 
En el sol está indicada la celebridad mundana‑ porque con ella hemos pecado, contra ella debemos insistir con las obras de penitencia.

O también, "contra el sol:
O sea, si hemos pecado públicamente, públicamente debemos hacer penitencia. 
Considera que Orígenes se sirve de este pasaje:

"Toma a todos los cabecillas del pueblo y ahórcalos".... para hacer aplicación a los Ángeles:

"Si el Ángel, a quien Dios nos confió en custodia, esperara una recompensa por el bien que nosotros hemos realizado, temería también ser culpado por el mal que hemos hecho. 
Por esto se dice que se vea claramente expuestos contra el sol, para que se vea claramente por culpa de quién fueron cometidos los pecados. 
Como consecuencia, seremos entregados a Baalfege, a otro ídolo, según la cualidad del pecado. 
Y si el jefe, o sea, el Ángel asignado a cada uno, no faltó, sino que exhortó al bien y, por lo menos, habló en, corazón, para mover mi conciencia a alejarme del pecado; y si yo, rechazando sus amonestaciones y el freno de la conciencia, me eché en los pecados, me será duplicada la pena por haber despreciado al consejero y por los delitos cometidos. 
No te asombres, pues, si los Ángeles se presentan al juicio junto con los hombres. 
El mismo Señor vendrá al juicio con los jefes de su pueblo".

Comentando el mismo pasaje, sigue diciendo Orígenes:

"Según el Apocalipsis de Juan, en general cada Iglesia está presidida por un Ángel, el cual encomiado por la buena conducta del pueblo o es interrogado acerca de los delitos del mismo pueblo". 

Ante este hecho, yo me siento movido de admiración por este estupendo Misterio, por el cual Dios tiene un cuidado tan solícito de nosotros que permite que sus mismos Ángeles sean interrogados sobre nuestras culpas y hasta sean reprendidos por nosotros.

Sucede como cuando se confía un niño a un pedagogo:
Si resulta menos instruido en las materias adecuadas, el mismo pedagogo sufrirá la culpa con tal que el nińo, como testarudo, arrogante e insolente, no haya despreciado las saludables amonestaciones del maestro.

Lo que suceda a aquella alma, nos lo dice Isaías:

"La hija de Sión será abandonada, como una choza en la viña".(1, 8). 

En fin, comenta la Glosa:

"Dios tiene mayor solicitud por la Salvación de un alma que el diablo por su perdición".

"Sea, pues, todo hombre pronto para escuchar". 

Todo hombre, por naturaleza, debería estar pronto para escuchar, En efecto, la oreja es llamada en latín auris, casi ávide rapiens, que aferra ávidamente, o hauriens sonum, que recoge el sonido.

Y observa que en la parte posterior de la cabeza no hay carne ni cerebro, sino que en la parte posterior de la cabeza se halla el aparato del oído. 
Y todo esto está muy bien dispuesto, porque la parte posterior de la cabeza está vacía, llena de aire, y el instrumento del oído (o medio de propagación) es "aéreo". 
Por esto el hombre oye en seguida, con tal que no surja algún impedimento.

En la cabeza, o sea, en la mente, en la que no hay la carne de la propia voluntad, sino el aire de la mente devota, pasa rápidamente la voz de la obediencia, como se dice en el Salmo:

"Al oír de mí, en seguida me obedecieron". (17, 45). 

Y Samuel, en el Primer Libro de los Reyes, dice:

"Habla, Señor, que tu siervo te escucha". (3, 10). 

Y para que la obediencia penetre más velozmente, es necesario que sea aérea (o airosa), pura, sensible a las cosas Celestiales, sin nada terrenal. "Sea, pues, todo hombre pronto para escuchar.
Y lento para hablar".

La misma naturaleza nos comunicó esta enseñanza, al encerrar casi la lengua con dos puertas, para que no divagara libremente. 

La naturaleza puso delante de la lengua como dos puertas:
Los dientes y los labios, para indicar que la palabra no debe salir sin gran cautela. 
Estas dos puertas las había cerrado con discernimiento el Profeta que dijo:

"Puse una custodia a mi boca y una puerta que rodee mis labios".
(Salm 140, 3). 

Y bien dice: "una puerta que rodee", para que evitemos no sólo las palabras lícitas, sino también las ocasiones de hablar lícitamente. 
Por ejemplo, hay gente que se avergüenza de calumniar abiertamente a otro, pero lo hacen bajo la apariencia de la alabanza y, lo que es peor, lo hacen también en la Confesión.

Y presta atención que no sólo debemos cerrar la puerta de los dientes, sino también la de los labios. 
Cierra la puerta de los dientes y de los labios el que desecha tanto la calumnia como la adulación.

Pero la lengua, que, como dice Santiago, es:

"Un mal desenfrenado y está llena de veneno mortal, fuego que quema el bosque de virtudes e inflama el curso de nuestra vida". (Sant 3, 5‑8).

Abate la primera y la segunda puerta y sale a la plaza como una meretriz, charlatana y vagabunda, impaciente e inquieta, llevando a todas partes el alboroto.

Dice el bienaventurado Bernardo:

"Quién podrá calcular cuántas bajezas cometa el pequeño miembro de la lengua, cuánta inmundicia se acumule en sus labios impuros, cuántos daños cause una boca desenfrenada? 
Nadie considere poco el tiempo que se pierde en palabras ociosas. 
Ahora es el tiempo favorable y el día de la Salvación; y, sin embargo, la palabra vuela irrevocable y el tiempo pasa irremediablemente; y el necio ni se da cuenta de lo que pierde. 
Dicen:
Al menos se podrá pasar una hora en una conversación!
Una hora! 
Esa hora te la dio la Generosidad del Creador para obtener el perdón, para alcanzar la Gracia, para hacer penitencia y para merecer la Gloria".

El mismo Santo continúa:

"No vaciles en definir la lengua del calumniador más cruel que la lanza que traspasó el costado del Señor. 
La lengua hiere el cuerpo de Cristo, pero no lo traspasa después de muerto, sino que lo mata traspasándolo. 
Tampoco fueron más dañosas las espinas que punzaron su cabeza, ni los clavos que perforaron sus manos y sus pies, comparados con la lengua del calumniador que perfora el mismo corazón".

Dijo el filósofo Séneca:

"No digas cosas deshonestas, porque poco a poco el pudor se diluye". 

Y Publio Siro:

"A veces tuve que arrepentirme por haber hablado, jamás por haber callado". 

Y Séneca:

"Usa más a menudo los oídos que la lengua".

"Sea, pues, todo hombre lento para hablar", y así podrá imitar la Justicia de los Santos, porque, como dice Santiago:

"El que no peca con la palabra, es un varón perfecto". (3, 2).

"Y lento para airarse", porque la ira impide al hombre distinguir la Verdad. Dice a propósito el Filósofo:

*la"Cuanto menos reprimas la ira, tanto más serás excitado por ella". (Horacio).

"El iracundo, cuando cesa de airarse, se enoja consigo mismo. 
La ira jamás fue capaz de reflexión". (Siro).

Con toda razón escribe Santiago:

"La ira del hombre no obra la Justicia de Dios". (1, 20). 

En conclusión, todo hombre sea:
"Lento para airarse", para que en el día de la ira no reciba con el diablo la irrevocable sentencia de condenación.

 ORACIÓN:

Oh Dios, de quien procede que las mentes de tu pueblo fiel sean todas de una sola voluntad, concede a tu pueblo que ame lo que mandas y desee lo que prometes, para que así, en medio de los diversos y múltiples cambios del mundo, nuestros corazones permanezcan firmes allí, donde se encuentran las verdaderas alegrías.
Por Nuestro Señor Jesucristo Tú Hijo que vive y reina contigo en la Unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.


Comentarios

Entradas populares de este blog

LAS APARICIONES DE LA SANTISIMA VIRGEN DE GUADALUPE.

LA SANTA MISA DOMINICAL.

MAGISTERIO E HISTORIA. Discurso del Santo Padre Pio VI ante el asesinato de S.M.C Luis XVI de Francia.