MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA LOS DIAS DE ROGATIVAS DE LA ASCENSIÓN.
MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA EL TRIDUO DE ROGATIVAS DE LA ASCENSIÓN.
Para el Martes de Rogativas.
Del amor a la oración.
PUNTO I.
Jesucristo, para instar vivamente a los hombres a orar, asegura que cuanto se pidiere, se recibirá.
Todo el que pide, dice, recibe.
La oración produce por sí
misma este efecto, eso es lo que Dios le garantiza; y por eso cuanto más se le pide, tanto más da; porque se complace mucho en dar a los hombres.
No nos exhortaría tanto a que le pidiéramos, dice San Agustín, si no estuviera dispuesto a dárnoslo, y si no lo quisiera efectivamente.
Sentid, pues, vergüenza de veros tan pusilánimes y negligentes en pedir a Dios, que tiene más ganas de daros que vosotros de pedirle; tiene Él más compasión de vuestra miseria que vosotros deseo de libraros de ella.
Animaos, pues, a creer a quien tanto os insta; haceos dignos de sus promesas, y complaceos en recurrir a Él.
¿Quién es, dice San Agustín, el que confió obtener de Dios alguna cosa, y
quedó confundido?
PUNTO II.
Jesucristo, en el Santo Evangelio, da dos razones de la eficacia de la oración.
La primera es la Fe y la confianza con la que se acude a la oración.
Cualquier cosa, dice Jesucristo, que pidierais con Fe en la oración, la obtendréis.
Dice todo, indistintamente, y no exceptúa nada.
¿Quién creería que la fe tiene tal efecto, de obtener infaliblemente todo lo que se pide a Dios, si el Hijo de Dios, que es la verdad misma, no os lo asegurara?
No sólo os lo ha dado a conocer con estas palabras, sino que os ha dado un gran ejemplo en aquella mujer cananea, que habiendo orado insistentemente y apremiado a Jesucristo para que librara a su hija poseída por el demonio, mereció que Jesucristo accediese a su petición, tan sólo a causa de su Fe.
¡Oh mujer, le dijo Jesús, cuán grande es tu fe! Hágase según tu deseo.
Estad, pues, persuadidos de que Dios está dispuesto a no rehusaros nada de lo que le pidáis con Fe y con confianza en su Bondad.
PUNTO III.
La segunda razón por la que Dios concede todo a quienes oran es la humildad con que le piden lo que necesitan; pues, como muy bien dice el Sabio, Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes; es decir, que no concede nada a aquéllos, pero a éstos no les niega nada.
Esto es lo que Jesucristo mostró con toda evidencia en la parábola del fariseo y del publicano, que oraban juntos en el Templo; de ellos el último volvió a su casa, dice Jesucristo, justificado, pero no el otro; y la razón que da a continuación es que quien se ensalza será humillado, y quien se humilla será ensalzado.
Como si dijese que la oración del primero no fue escuchada porque estaba acompañada con sentimientos de orgullo; y que el segundo, a pesar de los considerables pecados que había cometido, obtuvo la plena remisión, a causa de la contrición y de la humildad con que se había presentado ante Dios; y regresó justificado a su casa.
Cuando oréis, pues, a Dios, que sea con tanta humildad que Dios no os pueda rehusar nada de lo que le pidáis.
ORACION.
Te rogamos, nos concedas, oh Dios Omnipotente, que los que en nuestra aflicción confiamos en tu Misericordia, seamos con ella libres de todo mal.
Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la Unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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