TEXTOS PARA EL MES DEL SAGRADO CORAZON. NOVENA AL CORAZON EUCARÍSTICO DE JESÚS.
NOVENA AL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS.
DÍA VI
+ En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
+ Ven, Espíritu Santo; ¡ven por María! Amén. ¡Aleluya!
V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R/. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
V/. Amén.
Consideración:
Al partir de este mundo el Pastor amante, que quiso morir por amor de las almas, a sus amadas ovejas, compradas con su Sangre, no quiso dejarlas solas en el mundo.
No quiso que en la tierra un corazón que lo ama sufriera por encontrar lejos a quien anhela; por eso Él mismo se hizo cercano a todos, para que todos pudieran hallarlo cerca.
Allí sobre el altar está oculto el Amado, lleno por completo de fuego y de afecto, para inflamar por siempre aquellos corazones que desean amar verdaderamente a su Señor.
Las flechas que lanza, las llamas que enciende ese Pan celestial, quien las experimenta las comprende.
Un corazón que se acerca al Altar no puede dejar de volver herido y ardiente, si frío había llegado.
Oh almas amantes, hablad y decid las benditas llamas, las dulces heridas que siempre experimentáis cuando os acercáis allí donde os espera vuestro Jesús.
Oh Rey de mi corazón, oh Alimento Divino, ¡ojalá pudiera permanecer siempre en la tierra cerca de Ti, Señor mío, que por mi amor permaneces oculto aquí para mí!
Amén.
Meditemos la Palabra de Dios del Evangelio según San Mateo (9, 36-38).
«Al ver a las multitudes, sintió compasión de ellas, porque estaban cansadas y abatidas, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus Discípulos:
"La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies".»
(Pausa de silencio para la meditación)
LA EUCARISTÍA:
COMUNIÓN ÍNTIMA CON DIOS.
De los "Coloquios Eucarísticos" de la Beata María Candida de la Eucaristía (Barba), Carmelita Descalza:
«Yo te bendigo, Dios mío y Señor mío, por haber inventado, en el exceso de tu Caridad, un medio tan tierno para darte todo a mí y dejarte poseer enteramente.
¿Y qué digo?
Tú y yo permanecemos como fundidos en una sola cosa:
El alma sólo entonces queda satisfecha y sólo así la vida me resulta posible.
¡Oh Santísima Comunión!
Cuando era todavía una niña y aún no me había sido dado recibir a Jesús, salía al encuentro de mi madre cuando regresaba de la Santísima Comunión, casi en el umbral de la casa, y poniéndome de puntillas para llegar hasta ella le decía:
"¡A mí también el Señor!"
Mi madre se inclinaba cariñosamente y soplaba sobre mis labios; yo enseguida la dejaba y, cruzando las manos sobre el pecho, llena de alegría y de fe, repetía saltando de gozo:
"¡Yo también tengo al Señor!
¡Yo también tengo al Señor!"
Tenerte en mi corazón, poseerte, Dios mío: he aquí la felicidad suprema de mi alma en este destierro.
No, no existe alegría mayor ni medio más saludable.
Ya comprendía entonces cuán grande es la unión que se establece entre Jesús y el alma que lo ha recibido, y me parece poder decir que jamás he dejado pasar una sola Comunión en toda mi vida.
De este íntimo abrazo del alma con Jesús nace aquella gran sed y aquel deseo de unión con Dios.
Verdaderamente, el fruto principal de una Santísima Comunión bien hecha es la Unión Divina.
Comunión significa precisamente unión.
Querido Jesús, eres Tú quien viene a apagar toda inclinación y todo deseo que no sea sobrenatural.
Eres Tú quien viene a extinguir toda pasión.
El alma, reclinada sobre tu pecho, repite confiada:
"¡Oh Jesús mío, mátame y dame vida! ¡Adorméceme y despiértame!"
¡Qué transformación en las almas que comulgan frecuentemente! ¡Qué fusión! ¡Qué unión con Jesús!
No son ya criaturas terrenas, y grande es el asombro al contemplarlas [...].
¡Qué dulzura! ¡Qué felicidad, incluso cuando se experimenta sequedad espiritual!
Aunque vinieran a decirnos:
"Aquí están tu padre, tu madre, tus seres queridos" —tan tiernamente amados—; "aquí hay un gran santo o una gran santa, tus protectores";
no, ninguna cosa podría atraernos más que ese imán poderosísimo y, sin embargo, oculto.
Nada podría apartarnos ni arrancarnos de nuestro escondite, de aquel rincón oscuro y humilde desde donde conversamos con Jesús, y que para nosotros es Cielo y vale más que todos los palacios dorados.
¡Tan cierto es, Señor, que te amamos por encima de todas las cosas!
Señor, toda esta atracción existe porque comulgamos.
Las almas que no comulgan no pueden sentir ni amar plenamente al Amor Sacramentado.
¡Oh Santísima Comunión!
¿Qué podría decir de Ti?
Contemplarte, Jesús Eucaristía, es ya el Cielo; pero si no pudiéramos recibirte, se convertiría en un Purgatorio.
¡Cuántas veces —incluso al comienzo de mi vida Religiosa—, encontrándome a los pies de Jesús, especialmente por la noche, mirando el Tabernáculo, respiraba una felicidad purísima!
Después dirigía mi mirada a todas las bellezas, a todas las grandezas y a todos los esplendores de la tierra; y al volverla nuevamente hacia el santo Tabernáculo, sentía y exclamaba que todo es vacío, que no existe tesoro más grande ni más delicioso que el que poseo, y que todo está allí.
No, nadie puede poseer más que yo.
No existe otro tesoro.
¡Qué rica soy!
¡Qué dichosa!
El Tesoro Divino que guardan las grandes Basílicas en sus preciosísimos tabernáculos no es superior al que posee nuestra humilde iglesita, nuestro modesto tabernáculo.
Ni siquiera el Cielo posee algo mayor.
Ese único tesoro está aquí, es mío, es Dios.
Verdaderamente, sí, verdaderamente:
"¡Mi Dios y mi Todo!" [...].
Jesús Eucaristía, Tú me has creado para Ti, y toda entera te pertenezco.
Misericordia eterna, te doy gracias por la inmensa gracia que me has concedido y me sigues concediendo: la de no familiarizarme contigo hasta el punto de perder el gran respeto que te debo y convertir en rutina los grandes actos de nuestra devoción.
Precisamente porque estás siempre aquí, siento la necesidad de humillarme más ante tu presencia.
Precisamente porque te recibí ayer, hoy siento la necesidad, al comulgar, de hundirme aún más en mi nada y admirar todavía más tu generosidad y tu Bondad.
Quisiera consumirme en cenizas, pulverizar todo mi ser.
¡Cuántas cosas quisiera!
Y lágrimas de tierna emoción bañan mis ojos.
Quisiera permanecer más tiempo contigo en acción de gracias porque has venido nuevamente.
"No, no puedo acostumbrarme a tus dones", exclamo.
"¡Gracias, Jesús!"
¡Cuántas lágrimas derramaría mi corazón!
¡Qué martirio experimenta cuando ve Santísimas Comuniones dejadas casi sin acción de gracias o realizadas casi por costumbre!
Jesús, espero equivocarme en esto, pero el amor que te tengo me ha permitido vislumbrar muchas veces la frialdad con que eres tratado a cambio de tu inmenso don.
¡Y qué dolor!
Tú conoces toda mi vida, Jesús Eucaristía.
Porque estás oculto, porque eres demasiado bueno, ¡cómo se te trata, cómo se te corresponde, Jesús!
¿Qué fruto pueden producir en el alma aquellas Santísimas Comuniones hechas sin la debida acción de gracias?
Es al calor de una amorosa acción de gracias donde florecen en el alma afectos, sentimientos y disposiciones semejantes a los tuyos, Jesús.
Es entonces cuando la unión verdaderamente se alimenta y se consolida.
Concédeme, Jesús, almas que comulguen por amor y con amor; almas que hagan todo lo posible por dedicar tiempo, cuanto más puedan, a la acción de gracias, y yo te daré, Amado mío, almas apasionadas por Ti, firmes en la entrega de sí mismas y sinceramente entregadas a la obra de su propia santificación.
Que todos experimenten, Jesús, lo que brota de las Comuniones bien hechas —en la medida en que nuestra miseria lo permite y con tu gracia—; que todos experimenten lo que Tú sabes y quieres dar cuando desciendes a nuestros corazones.
Porque ciertamente, Jesús, si los ojos se cierran amorosamente para contemplarte, si todos los sentidos guardan silencio, ¿acaso Tú, que pasaste por este mundo haciendo el bien, pasarías como un extraño sin derramar tus misericordias en la tierra de nuestras almas?
Jesús, ¡cómo quisiera hacerme entender!
¡Cómo quisiera ser la apóstol de la Santísima Comunión!
¡Cómo quisiera que todos la experimentaran!
Perdóname, Jesús, si me equivoco; pero si conociera almas que no dispusieran para Ti, para su alma y para la oración más que de media hora o de diez minutos al día, emplearía esa media hora o esos diez minutos únicamente en la Santísima Comunión.
Jesús Eucaristía, Tú que has sido "el Amor" de mi vida y también "su martirio", recuerda que en mis inmensos sacrificios, en mis sufrimientos y lágrimas, he procurado difundir el amor hacia Ti, el conocimiento de Ti y la santa locura por la Santísima Comunión; por Ti, Prisionero abandonado.
Recuerda que he querido sembrarte a Ti.
¡Venga, venga tu Reino Eucarístico!
Recordaré con amor la Santísima Comunión que he recibido y aquella que me espera.
Rezaré para que las Comuniones sean bien hechas y practicaré frecuentemente, con ternura, la Comunión espiritual.»
(Pausa de silencio para la meditación)
+ Padre Nuestro...
ORACIÓN:
Señor Jesucristo, que derramando sobre los hombres las riquezas de tu Amor instituiste la Eucaristía y el Sacerdocio, concédenos amar ardientemente tu Amadísimo Corazón y servirnos siempre dignamente de tus dones.
Tú que eres Dios y vives y reinas con Dios Padre, en la Unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.
Amén.
V/. María, Madre de la Eucaristía.
R/. Ruega por nosotros y ayúdanos a encontrar refugio en el Corazón traspasado de tu Hijo, fuente de amor, de Misericordia y de Vida Eterna.
+ Dios te salve, María...
El Señor nos bendiga, nos preserve de todo mal y nos conduzca a la vida eterna.
Amén.
+ El himno inicial es de San Alfonso María de Ligorio; la invocación después de la meditación es una adaptación personal de una oración al Corazón Eucarístico de Jesús aprobada por el Papa Pío VI en 1796; la oración conclusiva está tomada del Misal Redentorista.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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