TEXTOS PARA EL MES DEL SAGRADO CORAZON. NOVENA AL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS.
NOVENA AL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS.
DÍA V.
+ En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
+ Ven, Espíritu Santo; ¡ven por María! Amén. ¡Aleluya!
V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R/. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. V/. Amén.
Consideración:
Al partir de este mundo el Pastor amante, que quiso morir por amor de las almas, a sus amadas ovejas, compradas con su Sangre, no quiso dejarlas solas en el mundo.
No quiso que en la tierra un corazón que lo ama sufriera por encontrar lejos a quien anhela; por eso Él mismo se hizo cercano a todos, para que todos pudieran hallarlo cerca.
Allí sobre el Altar está oculto el Amado, lleno por completo de fuego y de afecto, para inflamar por siempre aquellos corazones que desean amar verdaderamente a su Señor.
Las flechas que lanza, las llamas que enciende ese Pan celestial, quien las experimenta las comprende.
Un corazón que se acerca al Altar no puede dejar de volver herido y ardiente, si frío había llegado.
Oh almas amantes, hablad y decid las benditas llamas, las dulces heridas que siempre experimentáis cuando os acercáis allí donde os espera vuestro Jesús.
Oh Rey de mi corazón, oh Alimento Divino, ¡ojalá pudiera permanecer siempre en la tierra cerca de Ti, Señor mío, que por mi amor permaneces oculto aquí para mí!
Amén.
Meditemos la Palabra de Dios de la Primera Carta de San Pablo Apóstol a los Corintios
(11, 26-29).
«Porque cada vez que coméis este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que Él vuelva.
Por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
Examínese, pues, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque quien come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación.»
(Pausa de silencio para la meditación)
EN EL SACRAMENTO DE TU AMOR:
De los Escritos de la Beata María Candida de la Eucaristía (Barba), Carmelita Descalza:
«Él ama tanto tenernos a sus pies, verse buscado por nosotros; ¿y acaso no nos será queridísimo permanecer junto a Él, aun a costa de algún sacrificio?
Ciertamente, el amor quiere la presencia personal.
Es verdad: Dios está en todas partes, y allí donde el deber y la obediencia nos llaman, lo encontramos mejor que si fuéramos a buscarlo a los pies del Altar.
Pero, fuera de eso y de las obras de caridad, ¡cuánto empeño deberíamos poner en encontrarnos allí donde el amor mantiene prisionero para nosotros a nuestro Amado!
¡Oh, amémoslo, amémoslo hasta la locura! A fuerza de acercarnos al fuego, terminaremos por quedar abrasados por él.
Busquemos esa amada presencia, esa mirada divina, aunque sea por un solo instante.
Por mi parte, no quiero perder un segundo y, cuando puedo, procuro ser la última en salir del coro, sólo para que la mirada de Jesús Eucarístico se pose una vez más sobre mí.
Prefiero dar algunos pasos más, cuando la obediencia no me lo impide, para pasar y volver a pasar por el coro mientras recorro la casa, para que Él me vea y para poder repetirle, aunque sea de paso, que lo amo.
¡Jesús mío, sé amado por todos los corazones!
Jamás te amen menos los tuyos.
Daría mi sangre por verte amado, oh Bien supremo; por verte correspondido con ternura y delicadeza en el Sacramento de tu inmenso Amor.
Incluso desde lejos pensaré en Ti, Amor Sacramentado; procuraré conversar contigo y lanzarte flechas de amor.»
«Oh Santísima Hostia de todas las Misas a las que asisto día y noche, te ofrezco incesantemente al Padre.
Oh Sacerdote Eterno, Jesús, hermano mío, amigo mío y Esposo mío, acuérdate de mí en todas las Santas Misas.
Oh Preciosísima Sangre de todos los Cálices y de todas las Hostias Consagradas, te adoro, te doy gracias y te deseo.
Tú sabes que te amo.
Y, sin embargo, te ofrezco incesantemente al Padre.
Desciende siempre a mi alma y a todas las almas, especialmente a aquellas que me son más queridas.»
«Con manos puras, como las de María, quisiera elevarte al Cielo para que todos pudieran contemplarte.
Quisiera que el sol se eclipsara de inmediato y que sólo Tú resplandecieras, oh Sol Eterno, iluminando y calentando a todos.
Oh Sol Divino, me pongo para siempre bajo tus rayos.
Oh Santísima Hostia, purifícame e inflámame; conviértete en mi impulso para alcanzar la más alta santidad y las cumbres del amor.
Hazme una sola cosa contigo, completamente unida a Ti.
Tengo una gran esperanza en Ti.»
¡He aquí hasta dónde ha llegado tu excesiva caridad, oh amadísimo Jesús mío!
Con tu Carne y con tu preciosísima Sangre me has preparado una mesa divina para entregarte todo entero a mí.
¿Quién te impulsó a tales excesos de amor?
Ciertamente nadie más que tu amantísimo Corazón.
Oh adorable Corazón de Jesús, ardentísimo horno del Divino Amor, recibe mi alma en tu Sacratísima llaga, para que en esta escuela de Caridad aprenda a amar de nuevo a aquel Dios que me dio pruebas tan admirables de su amor. Amén.
Padre Nuestro...
ORACIÓN:
Señor Jesucristo, que derramando sobre los hombres las riquezas de tu Amor instituiste la Eucaristía y el Sacerdocio, concédenos amar ardientemente tu Amadísimo Corazón y servirnos siempre dignamente de tus dones.
Tú que eres Dios y vives y reinas con Dios Padre, en la Unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.
Amén.
V/. María, Madre de la Eucaristía.
R/. Ruega por nosotros y ayúdanos a encontrar refugio en el Corazón traspasado de tu Hijo, fuente de amor, de Misericordia y de Vida Eterna.
+ Dios te salve, María...
El Señor nos bendiga, nos preserve de todo mal y nos conduzca a la vida eterna.
Amén.
+ El himno inicial es de San Alfonso María de Ligorio; la invocación después de la meditación es una adaptación personal de una oración al Corazón Eucarístico de Jesús aprobada por el Papa Pío VI en 1796; la oración conclusiva está tomada del Misal Redentorista.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
Comentarios
Publicar un comentario