TEXTOS PARA EL MES DEL SAGRADO CORAZON. NOVENA AL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS
NOVENA AL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS.
DÍA VII
+ En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
+ Ven, Espíritu Santo; ¡ven por María! Amén. ¡Aleluya!
V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R/. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
V/. Amén.
Consideración:
Al partir de este mundo el Pastor amante, que quiso morir por amor de las almas, a sus amadas ovejas, compradas con su Sangre, no quiso dejarlas solas en el mundo.
No quiso que en la tierra un corazón que lo ama sufriera por encontrar lejos a quien anhela; por eso Él mismo se hizo cercano a todos, para que todos pudieran hallarlo cerca.
Allí sobre el altar está oculto el Amado, lleno por completo de fuego y de afecto, para inflamar por siempre aquellos corazones que desean amar verdaderamente a su Señor.
Las flechas que lanza, las llamas que enciende ese Pan celestial, quien las experimenta las comprende.
Un corazón que se acerca al Altar no puede dejar de volver herido y ardiente, si frío había llegado.
Oh almas amantes, hablad y decid las benditas llamas, las dulces heridas que siempre experimentáis cuando os acercáis allí donde os espera vuestro Jesús.
Oh Rey de mi corazón, oh Alimento Divino, ¡ojalá pudiera permanecer siempre en la tierra cerca de Ti, Señor mío, que por mi amor permaneces oculto aquí para mí!
Amén.
Meditemos la Palabra de Dios de la Carta a los Hebreos.
(9, 11-14).
«Cristo, en cambio, se presentó como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, atravesando una tienda más grande y más perfecta, no construida por mano de hombre, es decir, no perteneciente a esta creación.
Y entró una vez para siempre en el santuario, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia Sangre, obteniendo así una redención eterna.
Porque si la sangre de machos cabríos y de toros, y las cenizas de una novilla, asperjadas sobre los impuros, los santifican purificándolos exteriormente, ¡cuánto más la Sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras muertas para servir al Dios vivo!».
(Pausa de silencio para la meditación)
LA EUCARISTÍA Y EL SACERDOCIO:
DONES DEL CORAZÓN DE JESÚS.
De los Escritos de San Alfonso María de Ligorio, Obispo y Doctor de la Iglesia:
«¡Oh, si comprendiéramos el amor que arde en el Corazón de Jesús hacia nosotros!
Ese amor lo ha impulsado a permanecer con nosotros en el Santísimo Sacramento como en un trono de amor.
Permanece bajo las apariencias de un poco de pan, encerrado en un copón, donde parece permanecer en un completo anonadamiento de su majestad, sin movimiento y sin uso de los sentidos; de modo que parece no tener otra ocupación que la de amar a los hombres.
El amor desea la presencia continua de la persona amada; este amor y este deseo hicieron que Jesucristo permaneciera con nosotros en el Santísimo Sacramento.
A este Señor enamorado le pareció demasiado breve haber permanecido sólo treinta y tres años entre los hombres en esta tierra; por eso, para manifestar su deseo de estar siempre con nosotros, juzgó necesario realizar el mayor de todos los milagros: la institución de la Santísima Eucaristía.
Pero la obra de la Redención ya estaba consumada y los hombres habían sido reconciliados con Dios.
¿Para qué servía entonces que Jesús permaneciera en la tierra bajo este Sacramento?
Permanece porque no sabe separarse de nosotros, diciendo que encuentra en nosotros sus delicias.
Este amor lo ha llevado también a hacerse alimento de nuestras almas, para unirse a nosotros y hacer de nuestros corazones y del suyo una sola cosa:
«Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él».
Jesús murió para hacer posible el Sacerdocio.
No era necesario que el Redentor muriera para salvar al mundo; bastaba una gota de su Sangre, una sola lágrima, una sola oración para obtener la salvación de todos.
Porque esa oración, siendo de valor infinito, bastaba para salvar no uno, sino mil mundos.
Pero para hacer posible un sacerdote fue necesaria la muerte de Jesucristo; de otro modo, ¿dónde se habría encontrado la Víctima que ahora ofrecen a Dios los Sacerdotes de la Nueva Ley?
¡Oh maravilla! ¡Oh exceso del Amor Divino!
Del amadísimo Corazón de Jesús brotaron todos los Sacramentos y, de manera principal, brotó este Sacramento de Amor, mediante el cual se convierte en compañero de nuestra vida, alimento del alma y Sacrificio de valor infinito.»
(De: "Novena al Corazón de Jesús", "Obras Ascéticas"; "Selva"; lenguaje adaptado por el editor).
De un artículo del P. Réginald Garrigou-Lagrange, Sacerdote de la Orden de Predicadores, publicado en La Vida Espiritual, 1 de Diciembre de 1931:
«El Corazón Sacerdotal de Jesús se nos entregó en el Calvario de la manera más perfecta y más íntima, tal como Él mismo lo había anunciado:
«Por eso me ama el Padre: porque doy mi vida para volverla a tomar.
Nadie me la quita; yo la doy libremente.
Tengo poder para darla y poder para volverla a tomar.
Este mandato he recibido de mi Padre». (Jn 10, 17-18)
La Víctima Purísima ofrecida en la Cruz por Jesús es Él mismo:
Es su Cuerpo crucificado, su Sangre derramada, su Cuerpo desgarrado en todas sus fibras.
Jesús es víctima incluso en su alma, que quiso entregar plenamente al sufrimiento, sumergida en el abandono total:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Es la inmolación completa del
«Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».
La unión entre el Sacerdote y la Víctima no podía ser más íntima, ni más estrecho el vínculo entre el sacrificio interior y el sacrificio exterior.
Si San Pablo pudo decir:
«Con mucho gusto gastaré y me desgastaré totalmente por vuestras almas. Si os amo más intensamente, ¿he de ser amado menos?»
(2 Cor 12,15).
¿qué habría que decir de Nuestro Señor, que derramó por nosotros toda su Sangre en Getsemaní, en la flagelación, en la coronación de espinas y sobre la Cruz, como nos recuerdan los Maitines del Oficio de la Preciosísima Sangre?
El Corazón Sacerdotal de Cristo entregó generosamente esa Sangre adorable para Nuestra Salvación.
Como escribe San Pablo en la Carta a los Hebreos (9,12):
«Entró una vez para siempre en el Santuario, no mediante la sangre de machos cabríos y de novillos, sino con su propia Sangre, obteniendo una Redención Eterna».[...]
Así como Dios Padre comunica toda su naturaleza en la generación Eterna del Verbo y en la Espiración del Espíritu Santo; así como Dios quiso entregarse a nosotros personalmente en la Encarnación del Verbo; del mismo modo Jesús quiso entregarse a nosotros personalmente en la Eucaristía.
Y su Corazón Sacerdotal es llamado Eucarístico precisamente porque nos ha dado la Eucaristía, del mismo modo que el aire puro es llamado saludable porque nos da la salud.»
¡He aquí hasta dónde ha llegado tu excesiva caridad, oh Amadísimo Jesús mío!
Con tu Carne y con tu Preciosísima Sangre me has preparado una mesa divina para entregarte todo entero a mí.
¿Quién te impulsó a tales excesos de amor?
Ciertamente nadie más que tu Amantísimo Corazón.
Oh Adorable Corazón de Jesús, Ardentísimo horno del Divino Amor, recibe mi alma en tu Sacratísima llaga, para que en esta escuela de Caridad aprenda a amar de nuevo a aquel Dios que me dio pruebas tan admirables de su Amor.Amén.
+ Padre Nuestro...
ORACIÓN:
Señor Jesucristo, que derramando sobre los hombres las riquezas de tu Amor instituiste la Eucaristía y el Sacerdocio, concédenos amar ardientemente tu Amadísimo Corazón y servirnos siempre dignamente de tus dones.
Tú que eres Dios y vives y reinas con Dios Padre, en la Unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.
Amén.
V/. María, Madre de la Eucaristía.
R/. Ruega por nosotros y ayúdanos a encontrar refugio en el Corazón traspasado de tu Hijo, fuente de amor, de Misericordia y de Vida Eterna.
+ Dios te salve, María...
El Señor nos bendiga, nos preserve de todo mal y nos conduzca a la vida eterna.
Amén.
+ El himno inicial es de San Alfonso María de Ligorio; la invocación después de la meditación es una adaptación personal de una oración al Corazón Eucarístico de Jesús aprobada por el Papa Pío VI en 1796; la oración conclusiva está tomada del Misal Redentorista.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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