TEXTOS PARA EL MES DEL SAGRADO CORAZON. NOVENA AL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS


DÍA IV

+ En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

+ Ven, Espíritu Santo; ¡ven por María! Amén. ¡Aleluya!

V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
R/. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. 
V/. Amén.

Consideración:

Al partir de este mundo el Pastor amante, que quiso morir por amor de las almas, a sus amadas ovejas, compradas con su Sangre, no quiso dejarlas solas en el mundo.
No quiso que en la tierra un corazón que lo ama sufriera por encontrar lejos a quien anhela; por eso Él mismo se hizo cercano a todos, para que todos pudieran hallarlo cerca.
Allí sobre el altar está oculto el Amado, lleno por completo de fuego y de afecto, para inflamar por siempre aquellos corazones que desean amar verdaderamente a su Señor.
Las flechas que lanza, las llamas que enciende ese Pan celestial, quien las experimenta las comprende. 
Un corazón que se acerca al Altar no puede dejar de volver herido y ardiente, si frío había llegado.
Oh almas amantes, hablad y decid las benditas llamas, las dulces heridas que siempre experimentáis cuando os acercáis allí donde os espera vuestro Jesús.
Oh Rey de mi corazón, oh Alimento Divino, ¡ojalá pudiera permanecer siempre en la tierra cerca de Ti, Señor mío, que por mi amor permaneces oculto aquí para mí!
Amén.

Meditemos la Palabra de Dios del Evangelio según San Mateo. (11, 28-30).

«Jesús dijo:
“Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré.
Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.
Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.”»

(Pausa de silencio para la meditación)

EL CORAZÓN DE JESÚS VIVE EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO.

De "La Presencia Real", de San Pedro Julián Eymard, Sacerdote (cap. XXXIX, tercera parte):

«El modo en que Jesús manifestó su Corazón y las razones por las cuales fue instituida su fiesta nos enseñan de común acuerdo que debemos honrar al divino Corazón en la Eucaristía, donde lo encontramos con todo su amor.
Santa Margarita María recibió la revelación del Sagrado Corazón mientras se hallaba ante el Santísimo Sacramento expuesto. Desde la Hostia, Jesús se le apareció sosteniendo su Corazón entre las manos y le dirigió aquellas adorables palabras que constituyen el más elocuente discurso sobre su presencia en el Sacramento:
"He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres."
Nuestro Señor, apareciéndose a la venerable Madre Matilde, fundadora de una Congregación de Adoradoras, le mandó amar ardientemente y honrar cuanto pudiera a su Sagrado Corazón en el Santísimo Sacramento, y se lo dio como prenda de su amor, para que fuera su refugio en la vida y su consuelo en la hora de la muerte.
El fin de la Fiesta del Sagrado Corazón es honrar con mayor fervor y devoción el amor de Jesucristo en sus sufrimientos y en la institución del Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
Por tanto, para entrar en el espíritu de la devoción al Corazón de Jesús, debéis honrar los padecimientos pasados del divino Salvador y reparar las ingratitudes de las que cada día es objeto en la Eucaristía.
¡Qué grandes fueron los dolores del Corazón de Jesús!
Todas las pruebas pesaron sobre Él. Fue colmado de desprecios; saciado de oprobios; las más abominables calumnias se abatieron sobre Él y procuraron deshonrarlo.
Y, sin embargo, se ofreció voluntariamente, sin proferir una sola queja.
Su amor fue más fuerte que la muerte, y los torrentes de la tribulación no pudieron apagar sus ardores.
Ahora esos sufrimientos han terminado; pero nosotros, por quienes Jesús los padeció, debemos corresponderlos con amor agradecido y honrarlos como si los tuviéramos presentes.
El Corazón que los sufrió con tanto amor está allí. No ha muerto, sino que vive y obra; no es insensible: nos ama más que nunca.
Pero, ¡ay!, si Jesús ya no puede sufrir, los hombres continúan dando pruebas de una monstruosa ingratitud hacia Él.
Y éste es el supremo tormento del Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramento.
¡Qué negra ingratitud hacia un Dios presente y vivo que sólo busca nuestro amor!
El hombre permanece indiferente ante el exceso del amor de Jesús por él; no le presta atención; ni siquiera piensa en ello.
Y si por casualidad piensa en ello, si Jesús intenta despertarlo de su letargo, aparta inmediatamente ese pensamiento que le resulta incómodo.
No quiere el amor de Jesucristo.
Más aún: el hombre impío, movido por la fe, por los recuerdos de su educación cristiana y por el sentimiento que la gracia deposita en el fondo de su corazón para impulsarlo a adorar en la Eucaristía a Jesucristo como Señor suyo y a servirlo nuevamente, se rebela contra este dogma, el más amable de todos; lo niega y llega incluso a la apostasía antes que adorarlo y sacrificarle un ídolo o una pasión, permaneciendo así encadenado a su vergonzosa esclavitud.
Y su malicia va todavía más lejos, hasta renovar los horrores de la Pasión del divino Redentor.
Sí, se ve a cristianos despreciar a Jesús en el Santísimo Sacramento, al Corazón que tanto los amó y que se consume de amor por ellos.
Aprovechan para ofenderlo precisamente del velo que lo oculta.
Lo insultan mediante irreverencias externas, pensamientos culpables y miradas pecaminosas en su misma presencia.
Como los soldados de Caifás, Herodes y Pilato, abusan de su bondad y de su inalterable paciencia, que todo lo soporta en silencio.
Blasfeman horriblemente contra el Dios de la Eucaristía, porque saben que su amor lo mantiene silencioso.
Lo crucifican en su propia alma culpable.
Lo reciben en la Comunión atreviéndose a arrojar ese divino Corazón en su propia podredumbre y a entregarlo al demonio que los domina.
Jesús no sufrió en su Pasión tantas humillaciones como las que soporta en su Sacramento.
La tierra es para Él un ignominioso Calvario.
¡Ah! En la agonía buscaba un consolador; en la Cruz pedía compasión para su dolor.
Ahora más que nunca son necesarias la reparación y la desagravio al adorable Corazón de Jesús.
Rodeemos la Eucaristía con nuestro amor y nuestras adoraciones.
¡Al Corazón de Jesús, vivo en el Santísimo Sacramento, honor, alabanza, adoración y reino por los siglos de los siglos!»
¡He aquí hasta dónde ha llegado tu excesiva caridad, oh amadísimo Jesús mío!
Con tu Carne y con tu preciosísima Sangre me has preparado una mesa divina para entregarte todo entero a mí.
¿Quién te impulsó a tales excesos de amor?
Ciertamente nadie más que tu amantísimo Corazón.
Oh adorable Corazón de Jesús, ardentísimo horno del divino amor, recibe mi alma en tu sacratísima llaga, para que en esta escuela de caridad aprenda a amar de nuevo a aquel Dios que me dio pruebas tan admirables de su amor.
Amén.

+ Padre nuestro...

ORACION:

Señor Jesucristo, que derramando sobre los hombres las riquezas de tu Amor instituiste la Eucaristía y el Sacerdocio, concédenos amar ardientemente tu amadísimo Corazón y servirnos siempre dignamente de tus dones.
Tú que eres Dios y vives y reinas con Dios Padre, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

V/. María, Madre de la Eucaristía, R/. Ruega por nosotros y enséñanos a sacar de la fuente inagotable del Corazón de tu Hijo las riquezas infinitas de su amor.

Dios te salve, María...

El Señor nos bendiga, nos preserve de todo mal y nos conduzca a la vida eterna.
Amén.

LAUS DEO, VIRGINIQUE, MATRI 

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