TEXTOS PARA EL MES DEL SAGRADO CORAZON. NOVENA AL CORAZON EUCARÍSTICO DE JESÚS.


NOVENA AL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS.

DÍA VIII

+ En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

+ Ven, Espíritu Santo; ¡ven por María! Amén. ¡Aleluya!

V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
R/. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. V/. Amén.

Consideración:

Al partir de este mundo el Pastor amante, que quiso morir por amor de las almas, a sus amadas ovejas, compradas con su Sangre, no quiso dejarlas solas en el mundo.
No quiso que en la tierra un corazón que lo ama sufriera por encontrar lejos a quien anhela; por eso Él mismo se hizo cercano a todos, para que todos pudieran hallarlo cerca.
Allí sobre el altar está oculto el Amado, lleno por completo de fuego y de afecto, para inflamar por siempre aquellos corazones que desean amar verdaderamente a su Señor.
Las flechas que lanza, las llamas que enciende ese Pan celestial, quien las experimenta las comprende. 
Un corazón que se acerca al Altar no puede dejar de volver herido y ardiente, si frío había llegado.
Oh almas amantes, hablad y decid las benditas llamas, las dulces heridas que siempre experimentáis cuando os acercáis allí donde os espera vuestro Jesús.
Oh Rey de mi corazón, oh Alimento Divino, ¡ojalá pudiera permanecer siempre en la tierra cerca de Ti, Señor mío, que por mi amor permaneces oculto aquí para mí!
Amén.

Meditemos la Palabra de Dios del Evangelio según San Juan (19, 31-34)

«Era el día de la Preparación y los judíos, para que los cuerpos no permanecieran en la cruz durante el sábado —porque aquel sábado era un día solemne—, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran.
Vinieron, pues, los soldados y quebraron las piernas al uno y al otro de los que habían sido crucificados con Él.
Pero al llegar a Jesús, viendo que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas; sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.»

(Pausa de silencio para la meditación)

EL CORAZÓN SACERDOTAL Y EUCARÍSTICO DE JESÚS

De un artículo del P. Réginald Garrigou-Lagrange, sacerdote de la Orden de Predicadores, publicado en La Vida Espiritual, 1 de diciembre de 1931:

«El Sagrado Corazón de Jesús es el símbolo de su amor, y la manifestación más grande del amor es el don perfecto de sí mismo [...].
Aquel que es el Bien Supremo, plenitud del ser, se comunica del modo más pleno e íntimo mediante la generación eterna del Verbo y la procesión del Espíritu Santo, como nos enseña la Revelación.
El Padre, al engendrar al Hijo, le comunica no solamente una participación de su naturaleza, de su inteligencia y de su amor, sino toda su naturaleza indivisible, sin multiplicarla en modo alguno; le da ser “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”. 
Y el Padre y el Hijo comunican al Espíritu de Amor, que procede de ambos, esta misma Naturaleza Divina indivisible y sus perfecciones infinitas.
El bien es difusivo por naturaleza y, cuanto más perfecto es, tanto más plenamente e íntimamente se comunica.
En virtud de este mismo principio, dice Santo Tomás, convenía que Dios no se contentara con crearnos, con darnos la existencia, la vida, la inteligencia y la gracia santificante —participación de su Naturaleza—, sino que nos entregara su propia Persona mediante la Encarnación del Verbo.
Incluso después de la caída del primer hombre, Dios podría haber querido revelarse a nosotros de otro modo, por ejemplo enviándonos un Profeta que nos hiciera conocer las condiciones del perdón.
Pero Él hizo infinitamente más:
Quiso darnos a su propio Hijo en persona como Redentor.
Jesús, Sacerdote Eterno y Salvador de la humanidad, quiso también entregarse perfectamente a nosotros durante toda su vida terrena, especialmente en la Última Cena, en el Calvario, y continúa entregándose cada día en la Santa Misa y en la Santa Comunión.
Nada puede mostrarnos mejor que este don tan perfecto de sí mismo la riqueza del Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Nuestro Señor Jesucristo.
Y nada puede fundamentar mejor la acción de gracias especial que debemos ofrecer a Nuestro Señor por la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio.
Él mismo dijo:

«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos».
(Jn 15,13).

Y San Pablo escribe en la Carta a los Hebreos:

«Cristo, al entrar en el mundo, dijo: 
No quisiste sacrificio ni ofrenda, pero me preparaste un cuerpo; no te agradaron holocaustos ni sacrificios por el pecado. 
Entonces dije: 
He aquí que vengo, Dios mío, para hacer tu voluntad» (cf. Heb 10,5-7).

En el Sacrificio perfecto que el Salvador, Sacerdote Eterno, debía ofrecer, la Víctima no podía ser otro que Él mismo.
Lo que ofrece es su propia Persona: su Cuerpo crucificado, su Preciosísima Sangre derramada hasta la última gota, todo su Corazón martirizado y finalmente abierto por la lanza [...].
Jesús, al darnos la Eucaristía, instituyó el Sacerdocio [...].
En el momento de privarnos de su presencia sensible, Nuestro Señor quiso dejarnos su propia Persona, presente en medio de nosotros bajo los Velos Eucarísticos.
En su Amor no podía acercarse más a nosotros, a los más pequeños, a los más pobres y a los más abandonados; no podía unirse más íntimamente a nosotros ni entregarse más plenamente a cada uno de nosotros.
Su Corazón Eucarístico nos ha dado la Presencia Real de su Cuerpo, de su Sangre, de su Alma y de su Divinidad.
En cualquier lugar de la tierra donde haya una Hostia Consagrada en un Tabernáculo, incluso en las Misiones más lejanas, Él permanece con nosotros como «El Dulce compañero de nuestro destierro».
Está en cada Tabernáculo esperándonos pacientemente, «pronto para escucharnos y deseoso de que le oremos».»

(Pausa de silencio para la meditación)

+ Padre Nuestro.

ORACIÓN:

Señor Jesucristo, que derramando sobre los hombres las riquezas de tu Amor instituiste la Eucaristía y el Sacerdocio, concédenos amar ardientemente tu Amadísimo Corazón y servirnos siempre dignamente de tus dones.
Tú que eres Dios y vives y reinas con Dios Padre, en la Unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.
Amén.

V/. María, Madre de la Eucaristía.
R/. Ruega por nosotros y ayúdanos a encontrar refugio en el Corazón traspasado de tu Hijo, fuente de amor, de Misericordia y de Vida Eterna.

+ Dios te salve, María...

El Señor nos bendiga, nos preserve de todo mal y nos conduzca a la vida eterna.
Amén.

+ El himno inicial es de San Alfonso María de Ligorio; la invocación después de la meditación es una adaptación personal de una oración al Corazón Eucarístico de Jesús aprobada por el Papa Pío VI en 1796; la oración conclusiva está tomada del Misal Redentorista.

LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LAS APARICIONES DE LA SANTISIMA VIRGEN DE GUADALUPE.

LA SANTA MISA DOMINICAL.

MAGISTERIO E HISTORIA. Discurso del Santo Padre Pio VI ante el asesinato de S.M.C Luis XVI de Francia.