MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DOMINGO DEL AÑO.
MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DOMINGO DEL AÑO.
Para el Domingo Undécimo después de Pentecostés.
(Mc 7,31-37).
De la sordera espiritual.
PUNTO I.
Según el Evangelio de este día, Jesús curó a un hombre que era sordo y mudo.
Este hombre representa para nosotros a tres clases de sordos que se encuentran, a veces, en las comunidades.
Los primeros, los que son sordos a las inspiraciones de Dios, ya les induzcan a observar fielmente sus Reglas, que es lo único que puede mantener en ellos la gracia de su estado, ya los impulsen a determinadas prácticas particulares que Dios les pide.
La segunda clase de sordera es la de quienes son sordos a la voz de sus superiores.
Y puesto que la obediencia es lo que atrae más gracias generales y particulares en una comunidad, y lo que mejor conserva en la gracia de Dios, esta clase de sordera llega a ser casi siempre incurable, a menos que se intente pronto su curación.
La tercera clase de sordera es la de quienes no pueden oír hablar de Dios ni gustar su palabra en la lectura de los libros sagrados o de piedad.
Por ello, nunca se entregan del todo a Dios, ya que de ordinario es la lectura de los libros sagrados y piadosos lo que nos llena de su espíritu.
¡Cuánto le cuesta al Salvador curar tales sorderas!
Y ello procede de que no encuentra ya, en quienes las padecen, la unción de su Gracia.
Es necesario que los lleve aparte, porque sólo en el retiro se dispondrán a escuchar la voz de Dios.
Luego, Jesús eleva los ojos hacia el cielo, lanza un suspiro y pone sus dedos en las orejas del sordo, y dice después: abríos.
¡Ah, cuán difícil y raro es curar un alma cuando esta sordera es inveterada.
PUNTO II.
El hombre a quien curó Jesucristo era a la vez mudo y sordo. Igual que hay tres clases de sordos, también hay tres clases de mudos.
Los primeros son los que no saben hablar a Dios, y la razón de ello es la falta de correspondencia entre Dios y ellos.
Sólo se aprende a hablar a Dios
escuchándolo; pues saber hablar a Dios y conversar con Él, sólo puede venir de Dios, que tiene su propio lenguaje, y que sólo lo comunica a sus amigos y confidentes, a quienes concede la dicha de conversar a menudo con Él.
La segunda clase de mudos es la de quienes no pueden hablar de Dios.
Son muchos los mudos de esta clase, los cuales, por pensar rara vez en Dios, apenas lo conocen; pues como están llenos de las ideas del mundo y de los
entretenimientos del siglo, no pueden, según San Pablo, penetrar las cosas de Dios; y son tan poco capaces de hablar de Él y de lo que le atañe, como niños recién nacidos.
La tercera clase de mudos son aquellos a quienes Dios no ha dado el don de lenguas, y no pueden hablar para llevar a Dios.
Tener el don de lenguas es saber hablar para atraer las almas a Dios y procurar su conversión, y poder decir a cada uno lo que le conviene; pues Dios no atrae a todas las almas con los mismos medios, y hay que saber hablar adecuadamente a cada una de ellas para animarlas a ser enteramente de Dios.
Vosotros, que estáis encargados de instruir a los niños, debéis haceros hábiles en el arte de hablar a Dios, de hablar de Dios y de hablar para llevar a Dios.
Pero tened la seguridad de que nunca hablaréis bien a vuestros alumnos con el fin de ganarlos para Dios, sino en la medida en que hayáis aprendido a hablarle y a hablar de Él.
PUNTO III.
No basta con conocer las diversas clases de sordos y de mudos; hay que saber, además, los remedios que pueden curarlos.
De ordinario, la sordera es causa de la mudez; por lo cual resulta más fácil curar a un mudo que sanar a un sordo, porque en cuanto un sordo es capaz de oír, pronto se encuentra en condiciones de hablar.
También por esta razón, el hombre del que se habla en el Evangelio, recobró antes el uso de la lengua que el del oído; pues, para conseguir que hablara, Jesucristo no hizo más que ponerle saliva en la boca, sobre la lengua, y en seguida ésta se desató, y habló con mucha claridad.
Para curar su sordera, Jesucristo mete los dedos en las orejas del sordo; lo que indica que es preciso que Jesucristo toque el alma interiormente para hacerle oír, comprender, y gustar lo que Él le dice.
Es necesario que Él la lleve aparte para que el ruido del mundo no pueda impedirle escuchar y gustar sus palabras.
Luego levanta los ojos hacia el cielo y lanza un profundo suspiro, para darnos a entender cuánto lamenta ante Dios la ceguera producida en el alma por la sordera espiritual. Incluso es necesario que haga un esfuerzo para decir con voz potente ante los oídos del sordo: abríos; con el fin de que esta alma abra suficientemente sus oídos para oír con facilidad las palabras de Jesucristo y ser dócil a ellas.
Cura al mudo poniéndole saliva en la lengua, para indicarle que sería poco útil el hablar si no habla con sabiduría.
Tened, pues, siempre abiertos los oídos y atentos a la Palabra de Dios, y aprended a hablar poco, y a no hablar sino con Sabiduría.
ORACION:
Omnipotente y Eterno Dios, cuya infinita bondad rebasa los méritos y aun los deseos de los suplicantes; derrama sobre nosotros tu misericordia, y perdona lo que nuestra conciencia teme, dándonos aun lo que no osamos pedirte.
Por Nuestro Señor Jesucristo tu Hijo que vive y reina con tigo en la Unidad del Espiritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amen.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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