MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DOMINGO DEL AÑO.
MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DOMINGO DEL AÑO.
Para el Domingo Decimotercero después de Pentecostés.
(Lc 17,11-19).
De las tentaciones de impureza y de los medios para vencerlas.
PUNTO I:
Los diez leprosos que, según el Evangelio de este día, se presentaron a Jesucristo, significan para nosotros las tentaciones de impureza, pues la lepra es enfermedad que hace al cuerpo sucio e infecto; y la manera como Él los curó nos indica cuáles son los remedios más seguros de que hay que valerse paranlibrarse de ella.
El Evangelio refiere que viendo estos leprosos a Jesucristo desde bastante lejos, se pararon, y elevando la voz le dijeron:
¡Jesús, Nuestro Maestro, ten piedad de nosotros!
La distancia a que se mantenían estos leprosos nos indica cuán alejados se hallan los impúdicos de Nuestro Señor, que siendo la pureza misma, no quiere tener comunicación con los contagiados, por poco que sea, de este vicio; igual que tampoco estaba permitido a los leprosos tenerla con los demás judíos.
Gritaron con tono elevado de voz, para pedir a Jesucristo que tuviera compasión de ellos.
Esto nos recuerda lo que Jesucristo dice en otro pasaje del Evangelio, que el primer remedio contra la impureza y contra las tentaciones que llevan a ella, es recurrir a la oración.
Esta voz, elevada y apremiante, es figura del fervor e insistencia con que se debe orar para obtener la curación de esta enfermedad; pues el hombre, que según el Sabio, no puede ser puro si Dios no le concede esa gracia, nunca podría pedirla con exceso ni con demasiada insistencia, pues esta enfermedad es muy peligrosa y de consecuencias muy funestas.
Si ocurre, pues, que alguna vez os vierais atormentados por pensamientos impuros, no ceséis de orar a Dios hasta quedar totalmente libres de ellos.
PUNTO II:
El segundo remedio que propone el Evangelio, y que Jesucristo manda a los leprosos, es presentarse a los sacerdotes.
La Antigua Ley prescribía que los
leprosos, una vez sanados, se presentaran a los sacerdotes, para que pudieran comprobar que su lepra se había curado realmente, y para que, si era así, les permitiesen la comunicación con los demás judíos.
Pero en la Ley Nueva, los Mandatos de Jesucristo tienen Virtud muy distinta que los de Moisés; ya que si ordena a los leprosos que vayan a presentarse a los sacerdotes, es para que queden curados de su vergonzosa enfermedad; también a ellos les ocurrió, de modo perfecto, mientran iban de camino.
En comunidad, es al Superior a quien hay que acudir para declararle su enfermedad y darse a conocer tal como se es.
Este es el medio eficaz para curar prontamente.
Y es el que san Dositeo, aquel hábil maestro en la dirección de las almas, dice haber experimentado en sí mismo.
Pues no hay nada, dice, que tanto tema el espíritu inmundo como ser descubierto; y una vez que lo ha sido, ya no puede dañar.
Así, añade el Santo, el alma se pone a salvo mediante la declaración que hace de todas sus disposiciones interiores.
Y cuando su superior le dice: haz esto, o no lo hagas, esto es bueno, o esto es malo, el demonio no encuentra ya
resquicio por donde penetrar en el corazón del enfermo.
Y éste encuentra la salud en el cuidado que pone en manifestarse a su superior, y en actuar en todo según sus consejos.
Sed, pues, fieles a esta práctica, ya que resulta tan eficaz.
PUNTO III:
En la antigua ley se ordenaba a los leprosos que cuando estaban curados, ofrecieran un sacrificio antes de ponerse en comunicación con los demás, con el fin de purificarse externamente, en razón de la impureza legal que habían contraído por la lepra.
Este sacrificio indica la mortificación, que Jesucristo impone también como
remedio a los leprosos de que hablamos; es decir, a los que están cubiertos de la lepra de la impureza, o que se sienten atacados por el demonio impuro.
Jesucristo dice, incluso, que uno no puede curarse perfectamente de este tipo de enfermedad, ni librarse completamente de este espíritu tentador, más que con el ayuno, es decir, con la mortificación.
Por medio de este sacrificio se ofrece a Dios el propio cuerpo, hablando con la expresión de San Pablo, como Hostia Viva, Santa y agradable a Dios.
La mortificación, en efecto, consigue el beneficio de hacer al cuerpo partícipe de la vida del espíritu.
Por eso dice el mismo San Pablo:
Si por el espíritu mortificáis la carne y todas sus obras, viviréis; por el contrario, como añade el mismo apóstol, si vivís según la carne y permitís que satisfaga sus sentidos, moriréis; es decir, que la impureza, al haceros morir a la Gracia, embrutecerá vuestro espíritu; lo hará, en cierto modo, del todo material y vuestra alma semejante a la de las bestias.
Sea, pues, la mortificación para vosotros aquel sacrificio perpetuo que se ordenaba en la ley antigua, llevando siempre en vuestro cuerpo, como dice
San Pablo, la mortificación de Jesucristo, para que la vida de Jesucristo se manifieste también en vuestro cuerpo.
Tal es el efecto admirable que
producirá en vosotros este excelente sacrificio.
ORACION:
Oh Dios Todopoderoso y Eterno!, aumenta en nosotros la Fe, la Esperanza y la Caridad; y para que merezcamos conseguir los bienes que nos prometes, haznos amar lo que nos mandas.
Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la Unidad del Espiritu Santo, Dios por los siglos de los siglos. Amen.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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