MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DOMINGO DEL AÑO


MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DOMINGO DEL AÑO.

Para el Domingo duodécimo después de Pentecostés. 
(Lc 10,23-27).

De la unión que debe existir entre los Hermanos.

PUNTO I.

Lo que Jesucristo propone hoy en el Evangelio es un ejemplo de Caridad. 
Se trata de un samaritano que encuentra en el camino a un hombre medio muerto; lo venda y lo pone en manos de un mesonero para que lo cuide hasta su total curación.
El Salvador, al referirnos en detalle cuanto hace este hombre caritativo, nos da bien a entender cómo debe ser la Caridad que hemos de tener hacia nuestros Hermanos, y cuán unidos hemos de estar los unos con los otros. 
Es ésta también una de las cosas que hemos de tomar más a pecho, pues, como dice San Pablo, si no tenéis Caridad, todo lo bueno que pudiereis hacer no os servirá de nada. 
Incluso la experiencia permite comprobar suficientemente la verdad de esta afirmación.
En efecto, una comunidad sin Caridad y sin unión es un infierno:
Uno, por su parte, murmura; el otro habla mal de su Hermano por estar molesto con él; éste se enfada con alguno que lo ha incomodado; aquél se queja al Superior de lo que cierto Hermano ha hecho contra él. 
En fin, no se oyen más que quejas, murmuraciones y maledicencias, de donde resultan muchas turbaciones e
inquietudes.

El único remedio de todos estos desórdenes es la unión y la Caridad; pues, como dice San Pablo, la Caridad es paciente. 
Este Santo Apóstol quiere, incluso, que la paciencia, fruto de la Caridad, llegue hasta soportarlo todo; y quien dice
todo, no exceptúa nada.
Así, pues, si se tiene Caridad y unión con los Hermanos, puesto que hay que soportar todo de todos, ya no se puede decir:
No puedo sufrir tal cosa de éste; no toleraré tal defecto en aquel otro; es preciso que éste se acomode en algo a mi talante o a mi debilidad. 
Porque hablar así no es soportar todo de todos.
Pensad mucho en esa máxima y ponedla en práctica con exactitud.

PUNTO II.

La Caridad es mansa. 
Es la segunda cualidad que San Pablo atribuye a la Caridad. 
En efecto, el amor y la unión no se demuestran regañando, murmurando, quejándose a voces y disputando; sino hablándose con mansedumbre y amabilidad, y humillándose, incluso, hasta ponerse por debajo de sus Hermanos; pues la palabra blanda, dice el Sabio, quebranta la ira, pero la palabra áspera excita el furor.
Por eso Nuestro Señor dijo a sus Apóstoles en el Sermón de la Montaña:
Bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra; es decir, todo el mundo; pues poseen todo el mundo quienes poseen el corazón de todos los hombres.
Esto lo consiguen fácilmente las personas de natural bondadoso y mesurado. 
Se insinúan de tal forma en el corazón de aquellos con quienes conversan y con quienes tratan, que los ganan insensiblemente y obtienen de ellos cuanto desean.
Así es como se conquistan los corazones y se los induce a hacer cuanto de ellos se desea. 
Así es como quienes han nacido con tan feliz disposición, o la han adquirido mediante la ayuda de la Gracia, vienen a ser como los dueños de los demás, y los mueven a su gusto.

¡Ah, qué gran beneficio el de comprender y practicar convenientemente esta
lección de Jesucristo: 
Aprended de mí, dice, que soy manso y humilde de corazón!
Pero no es este el único bien que se consigue mediante la mansedumbre; el principal es que, merced a ella, se adquieren fácilmente las virtudes más
sublimes; por ella se sujetan las pasiones y se impide que se desmanden; y por ella se logra mantener la unión con sus Hermanos.
No les habléis nunca sino con mansedumbre, y callaos cuando temáis hablarles de otro modo.

PUNTO III.

La Caridad es benéfica. 
Es la tercera cualidad que San Pablo atribuye a la Caridad. 
Y también por ella mostró el samaritano del Evangelio la bondad de su corazón. 
Pues habiendo encontrado a un hombre infortunado a quienes los ladrones habían despojado, cubierto de heridas y abandonado medio muerto, se conmovió de tal manera, que después de poner aceite y vino en sus llagas, y de vendarlas, le montó en su cabalgadura y le llevó a un mesón, donde lo cuidó por algún tiempo; y cuando hubo de partir, encargó al mesonero que le cuidara muy bien, y le entregó dos denarios de plata, prometiendo pagarle todos los gastos.

Admirad la extrema Caridad de este buen samaritano. 
Para los judíos era un extranjero, pues los de su país eran considerados por los judíos como cismáticos; se odiaban mutuamente. 
Éste, no obstante, hizo todo por tan desafortunado viajero, a quien un sacerdote y un levita no quisieron atender.
Incluso manifestó sumo desinterés en su Caridad, pues después de haber hecho todo por este hombre, dio dinero por él al mesonero, y le prometió pagar, a la vuelta, cuanto gastara con aquel hombre.
También es ésta una de las condiciones que exige San Pablo para que la Caridad sea verdadera; quiere que sea desinteresada. 
Con todo, sucede a menudo,
incluso en las Comunidades, que se hace algún bien a los Hermanos por haberlo recibido de ellos; o se rehúsa prestarles un servicio, o al menos no se presta de buena gana, porque hay algo en ellos que desagrada, o porque nos han causado alguna molestia u ocasionado algún disgusto.
¡Ah, cuán humana es tal Caridad, cuán poco Cristiana y qué poco merece llamarse benéfica!

ORACION:

Omnipotente y Misericordioso Dios, que concedes a tus fieles poder servirte digna y laudablemente; haz, te suplicamos, que corramos sin tropiezo a la consecución de tus promesas. 
Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la Unidad del Espiritu Santo, Dios por los siglos de los siglos. Amen.

LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.

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