MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DOMINGO DEL AÑO.


MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DOMINGO DEL AÑO.

Para el Domingo Decimoseptimo después de Pentecostés.
(Mt 22,34-46).

De la manera como debemos amar a Dios.

PUNTO I.

Un doctor de la Ley preguntó a Jesucristo cuál era el mayor mandamiento de la Ley, y Jesús le respondió que era éste: 
Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.
En efecto, éste es un gran Mandamiento, pues tiene amplísima extensión, y el modo como Jesucristo dice que hay que amar a Dios exige de nosotros mucha valentía. 
Este será hoy el tema de nuestras reflexiones.
En primer lugar, debemos amar a Dios con todo nuestro corazón, es decir, con todo nuestro afecto, sin reservar la menor parte de éste para criatura alguna; queriendo amar únicamente a Dios, que es el solo amable, pues Él es lo único bueno, esencialmente y por sí mismo.
Y así, amar alguna cosa fuera de Dios, es injuriarlo y posponerlo a algo que está infinitamente por debajo de Él; ya que si posee alguna bondad o hay algo amable en ella, es sólo emanación y participación de la bondad que proviene de Dios, como bien que le es propio y que comunica a su criatura.

Y puesto que Dios es infinitamente bueno y la fuente inagotable de todo bien creado, no nos es lícito inclinarnos ni entregarnos, con toda la amplitud de nuestro corazón, a algo que no sea Dios; pues todo ha sido creado para Él. 
Y si en las criaturas amamos algo, debe ser sólo en Dios, en quien hallaremos, como en su principio, todo lo que en ellas hay de amable.

PUNTO II.

Es imposible que amemos a Dios con todo nuestro corazón sin que lo amemos también con toda nuestra alma; es decir, sin que estemos dispuestos a renunciar, no sólo a todas las cosas exteriores y sensibles, sino a nuestra vida misma, significada por la palabra «alma», antes que vernos privados un solo instante del amor de Dios. 
Y eso, porque debemos preferir a Dios a cualquier otra cosa que pudiera ser objeto de nuestro amor. 
Pues, en efecto, puesto que Dios está infinitamente por encima de todas las cosas creadas, nuestra vida, tal cual es, no merece ninguna consideración de nuestra parte, si la comparamos con quien es su autor.

¿No debéis, pues, ofrecérsela gustosos a Dios, y sacrificársela, para conservar su Santo Amor, o para aumentarlo en vosotros? 
Además, ya que Dios os ha dado 
esta vida por su bondad totalmente gratuita, es muy justo que, para manifestarle cuán agradecidos le estáis y en qué medida le pertenecéis, se la ofrezcáis como cosa que le pertenece y de la que sois meros depositarios.
Ciertamente, es ofrecer la propia vida a Dios en sacrificio el no emplearla más que para Él. 
Tenéis oportunidad de realizar eso en vuestra profesión y en vuestro empleo, no inquietándoos de morir en él al cabo de pocos años, con tal de que en él os salvéis y ganéis almas para Dios; las cuales os ayudarán a encumbraros en el Cielo, después que vosotros hayáis tratado de abrírselo a ellas y les hayáis enseñado, y ayudado a poner en práctica, todos los medios posibles para entrar en él. 
Así manifestaréis a Dios que lo amáis con toda vuestra alma.

PUNTO III.

Dios, que nos ha traído a este mundo sólo para Él, según la expresión del Sabio, cuando dice que Dios ha hecho todas las cosas para Sí, también piensa continuamente en nosotros; y no habiéndonos dado el espíritu más que para que pensemos en Él, con razón dice Jesucristo, en este Evangelio, que debemos amar a Dios con toda nuestra mente. 
Cumpliremos este Mandamiento si nos ocupamos siempre de Él y si referimos a Él todos nuestros pensamientos relativos a las criaturas, de tal manera que no pensemos en nada de lo que a ellas se refiere que no nos lleve a amarlo o a mantenernos en su Santo Amor. 
Pues nada manifiesta mejor que una persona ama a otra, que el no poder dejar de pensar en ella.

¡Cuán felices seríais si todos vuestros pensamientos no tendieran más que a Dios y no fueran más que para Él! Entonces habríais encontrado vuestro Paraíso en este mundo, porque tendríais la misma ocupación que los Santos, y la Felicidad de que ellos gozan sería la vuestra.
Bien es cierto que habría esta diferencia:
Los Santos ven a Dios claramente y en su propia naturaleza, mientras que nosotros gozaríamos de Él sólo por la Fe.
Pero esta visión de Fe causa tanto placer y alegría al alma que ama a su Dios, que experimenta, ya en esta vida, cierto gusto anticipado de las delicias del Cielo.
¿Disfrutan vuestras almas de ese beneficio? 
Si no tienen la gran dicha de poseerlo, proceded de modo que lo alcancéis, por la aplicación a Dios en vuestras oraciones y por medio de frecuentes oraciones jaculatorias. 
Es el mayor bien de que podéis gozar en este mundo.

ORACIÓN:

Oh Señor, te rogamos, concede a tu pueblo evitar todo contagio diabólico y seguirte a Ti, el Unico Dios, con un corazón puro.
Por Jesucristo, tu Hijo Nuestro Señor, que vive y reina contigo, en la Unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.

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