MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DOMINGO DEL AÑO.
MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DOMINGO DEL AÑO.
Para el Domingo Decimoctavo después de Pentecostés.
(Mt 9,1-8).
De los medios con que pueden curarse las enfermedades espirituales, tanto voluntarias como involuntarias.
PUNTO I.
A veces sucede que los servidores de Dios se hallan como en la impotencia
para obrar el bien, ya a causa de las tentaciones a las que apenas pueden resistir, ya por las aflicciones interiores, ya por la fuerza de las pasiones.
Es lo que representa el paralítico del que se nos habla en este Evangelio.
No encuentran facilidad para ir a Dios, o por falta de luz, o por falta de ayuda por parte de quienes los dirigen.
A veces, incluso, esta especie de dificultad dura mucho tiempo; y Dios deja al alma en esa situación para que sienta que no puede nada sin Él, y que no puede tener el impulso necesario para ir a Él, si no cuenta con la ayuda de su Gracia; y que, por el contrario, todo lo puede cuando Él la fortifica.
Debe, pues, esperar con paciencia a que Jesús pase, y ponga el remedio para su mal.
Pues, así como Él nos ha procurado la Gracia de la Redención, así conoce el
medio de fortalecer nuestra alma y devolverle el movimiento que había perdido.
Lo único que se necesita es cuidar de ser fiel en dejarse llevar a Jesucristo cuando pase, como hizo el paralítico que yacía en su lecho, contento de sufrir su dolencia hasta que Jesús la curase.
Pues en este tipo de enfermedades, sólo Él, de ordinario, puede poner remedio; y todo lo que uno puede hacer, es vigilar sobre sí mismo para no obrar mal.
Entonces hay que orar mucho y contentarse con decir a Dios, con David:
"Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en él tu Espíritu para que me conduzca derechamente a Ti".
PUNTO II.
Cuando nos hallemos delante de Jesús, es decir, cuando nos ilumine alguna luz pasajera, ya venga de nosotros, ya de quienes nos dirigen, esperemos a que Jesús nos hable y a que nos devuelva la salud y el movimiento, como hizo con
el paralítico.
Sostengámonos con la firmeza de nuestra Fe, aunque no tengamos ningún sentimiento de Dios y aunque nos hallemos sin movimiento hacia Dios.
Tengamos la certeza de que esta mirada de Fe le será tan agradable, que después de haberla favorecido y de haber alentado nuestra confianza, nos dirá, igual que al paralítico: Levántate, es decir, elévate hacia Dios; y recuperadas todas nuestras fuerzas, lo haremos con facilidad.
Ya no encontraremos nada que nos detenga; nada que sea obstáculo a nuestros movimientos exteriores y que nos impida ir a Dios.
Por lo cual, Jesús nos dirá de inmediato:
Vete; es decir, que nos encontraremos con facilidad tan grande para ir a Dios y para conversar con Él, que nada nos causará mayor placer.
Ese será el fruto de nuestra paciencia, que Dios se complace en recompensar en sus servidores.
A veces, estas situaciones provienen de algún pecado que se haya cometido.
Entonces hay que gemir ante Dios y deplorar la propia miseria; pues es lo que Jesús espera, de ordinario, para curar al alma enferma y para reparar lo que la debilidad humana le había hecho perder.
Vigilad, pues, sobre vosotros mismos, para que vuestras faltas no sean causa de que Dios os retire sus gracias.
PUNTO III.
Para la curación de nuestra parálisis espiritual no basta que Jesús nos mande levantarnos.
Se necesita, además, que nosotros lo queramos, a menos que tal parálisis sea simplemente una prueba por parte de Dios, sin que nosotros seamos culpables de nada; pues en ese caso, Él sólo tiene que mandar, para ser obedecido.
Pero si en nosotros se dio algo que causó tal enfermedad, o que contribuyó a ella, entonces es necesario también que nosotros colaboremos, por nuestra parte, a la curación.
Pues no ocurre lo mismo en las enfermedades espirituales y en las corporales.
Para curar éstas, basta que Jesús hable, o incluso, que lo quiera; pero en las referentes al alma, se necesita, por nuestra parte, que queramos ser curados; pues Dios no fuerza en absoluto nuestra voluntad,
aunque la exhorte y la inste.
Pues, para la curación de nuestras enfermedades espirituales, a nosotros nos corresponde aceptar su Gracia, cooperar con ella y secundar el buen deseo de Dios.
Así, pues, cuando vuestros movimientos hacia Dios parezcan suspendidos, estad preparados y sed dóciles a su voz.
Levantaos en cuanto os lo diga, y caminad, es decir, reanudad las prácticas de virtud en las que encontrasteis dificultad; mortificad vuestras pasiones y aplicaos a vencerlas; y sobre todo, sed fieles en descubrir a vuestros Directores lo hondo de vuestro corazón.
Eso impedirá, de ordinario, que caigáis en este tipo de enfermedades.
Y, en fin, id derechos a vuestra casa, es decir, vivid en retiro, en recogimiento y silencio; aplicaos constantemente a la oración, a los demás ejercicios de piedad, y al exacto cumplimiento de las Reglas de la Comunidad.
Esos son los medios seguros para restablecer en vuestra alma los buenos movimientos que en ella se habían interrumpido.
ORACIÓN:
Os rogamos, Señor, que la acción de vuestra misericordia dirija nuestros corazones; porque sin vuestra gracia no podemos agradaros.
Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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