MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DOMINGO DEL AÑO.
MEDITACIONES DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE PARA CADA DOMINGO DEL AÑO.
Para el Domingo Decimoquinto después de Pentecostés.
(Lc 7,11-16).
De los que han abandonado el espíritu de su Estado y de los medios de que deben servirse para recuperarlo.
PUNTO I:
El Evangelio de este día refiere que llevaban a enterrar a un joven, hijo de una viuda de la ciudad de Naim.
Este Evangelio nos representa de manera admirable a los que han perdido la Gracia de su Estado.
El difunto es un muchacho joven que, por su edad aún tierna, os evoca a aquellos en quienes la piedad no ha echado todavía raíces profundas y cuyo corazón no está aún bien afianzado en el bien; por lo cual se persuaden, sin fundamento, de que se salvarán fácilmente en otra parte; pues hace ya bastante tiempo que están alejados de las ocasiones, y que cuando estén expuestos a ellas, tendrán fuerza suficiente para no sucumbir.
Muérese pronto cuando, estando enfermo, se cree no estarlo, o cuando se juzga que podrá uno curarse a sí mismo y sin ningún remedio.
Eso es lo que de ordinario inspira el demonio a los que caen en este tipo de tentación y no son dóciles en seguir los consejos de sus superiores.
Se ven reducidos a tal extremo, que su mal resulta incurable, y no pueden evitar el abandono del Santo Estado que habían abrazado.
¿No habéis estado alguna vez, o no estáis en esta lamentable disposición?
Si es así, gemid ante Dios y rogadle insistentemente que os saque de ella lo antes posible, pues el remedio contra este mal hay que aplicarlo con prontitud.
PUNTO II:
Llevaban a enterrar a este difunto.
Ese es el término y el efecto de esta muerte espiritual, llevar a enterrar al alma afectada por ella.
Ya no piensa más que en la tierra, es decir, en el mundo y en las cosas del mundo, porque nonsiente ningún gusto por Dios ni por lo que conduce a Él.
Oír hablar de Dios esnun suplicio para ella; hacer oración, es un martirio; la Comunión le resulta insípida; se aleja de la Confesión porque no quiere dar a conocer su mal; se guía sólo por sus luces, pero sus luces son falsas.
Así, todos los medios que contribuyen a mantener la vida del espíritu le resultan inútiles, porque los rechaza.
Y la causa de todo ello es el haber perdido el espíritu de vida que había en ella, que es el espíritu de su Estado.
La multitud de gente que sigue a este difunto cuando lo llevan a enterrar es figura de aquellos que os persuaden a volver al siglo.
Desprovistos de Gracia,
¿qué de bueno os pueden aconsejar?
Sin embargo, no se deja de creerlos y de seguir la corriente que promueven con tanto mayor éxito cuanto que aquello de lo que intentan persuadir es más conforme a la inclinación de la naturaleza corrompida.
¡Oh, qué estado tan lastimoso!
¡Oh, qué triste situación!
Pedid insistentemente a Dios que no os abandone hasta tal extremo.
PUNTO III:
Jesucristo se acercó al difunto, tocó el féretro y quienes lo llevaban se pararon; y dijo al joven:
Levántate, yo te lo mando.
Y en seguida el difunto se incorporó, se descubrió y comenzó a hablar, y Jesús lo devolvió a su madre.
Estas palabras dan a entender los medios que existen para recuperar la Gracia de la Vocación.
El primero es recurrir a la oración, para instar a Jesucristo a que se acerque a
nosotros.
El segundo es detener el curso de todos los pensamientos que nos han llevado al borde del precipicio.
El tercero, escuchar la voz de Jesucristo, que nos habla a través de nuestros Superiores.
El cuarto, elevarnos hacia Dios en cuanto oímos su Palabra.
Así recuperaremos insensiblemente el espíritu de nuestro Estado, y de nuevo
comenzaremos a cumplir los deberes del mismo.
Entonces Jesús nos devolverá a nuestra madre, que es la Comunidad a la que nos hemos incorporado.
Ella nos mirará de nuevo como hijos suyos muy queridos, y seremos motivo de consuelo y de edificación para nuestros Hermanos.
He ahí lo que deben hacer quienes han perdido o se han puesto en peligro de
perder su vocación, y en consecuencia, la Gracia de Dios, y de caer en los excesos que son consecuencia inevitable de tal pérdida.
ORACION:
Purifica, Señor, y fortalece a tu Iglesia con una continua Misericordia; y ya que sin Ti no puede mantenerse salva, haz que sea siempre gobernada por tu Gracia.
Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la Unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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