DEVOCIÓN A LA VIRGEN: LOS 15 SABADOS EN HONOR DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO.
LOS QUINCE SÁBADOS DEL SANTÍSIMO ROSARIO
II SÁBADO.
SEGUNDO MISTERIO GOZOSO
LA VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA A SANTA ISABEL
«Y sucedió que, apenas Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó de gozo en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo». (Lc 1, 41).
LOS QUINCE SÁBADOS DEL SANTÍSIMO ROSARIO
Continuamos nuestro piadoso camino de los Quince Sábados del Santísimo Rosario, siguiendo la devoción propagada por San Bartolo Longo, apóstol del Rosario y fundador del Santuario de Nuestra Señora de Pompeya.
En el primer Sábado contemplamos el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y aprendimos de María a responder generosamente a la Voluntad Divina.
Hoy acompañaremos a Nuestra Señora en su camino hacia las montañas de Judea, donde visita a su prima Santa Isabel.
En este segundo Misterio gozoso descubriremos una verdad admirable:
María, que acaba de recibir en su seno al Salvador del mundo, no guarda para sí el Tesoro que Dios le ha confiado.
Se pone en camino.
Y allí donde llega María, llega también Jesús.
Su presencia lleva la Gracia, despierta la alegría y anuncia la SalvaciónI.
I. EL MISTERIO:
Nazaret ha quedado atrás.
El Arcángel Gabriel ha partido y María conserva en su corazón el misterio que acaba de realizarse.
El Verbo Eterno de Dios se ha hecho carne en su seno virginal.
Sin embargo, la Santísima Virgen no permanece encerrada en la contemplación de su propia grandeza.
El Ángel le ha anunciado también que su parienta Isabel, considerada estéril, ha concebido un hijo en su vejez.
María comprende que debe acudir a su encuentro.
El Evangelio nos dice:
«En aquellos días, María se levantó y marchó apresuradamente a la región montañosa, a una ciudad de Judá». (Lc 1, 39).
El viaje no era sencillo.
Los caminos eran largos, las montañas difíciles y los peligros frecuentes.
Pero la caridad no se detiene ante las incomodidades.
María lleva consigo al Hijo de Dios.
Y cuando llega a la casa de Zacarías y saluda a Isabel, sucede algo extraordinario.
El niño que Isabel lleva en su seno salta de alegría.
Isabel queda llena del Espíritu Santo y exclama:
«¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!».
(Lc 1, 42).
Y añade aquellas palabras que la Iglesia repetirá a lo largo de los siglos:
«¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?».
(Lc 1, 43).
En aquella casa humilde se encuentran dos madres y dos hijos.
Pero el encuentro es mucho más profundo de lo que pueden percibir los sentidos.
Jesucristo, todavía oculto en el seno de María, comienza a manifestar la eficacia de su presencia salvadora.
Y Juan Bautista, antes de nacer, salta de gozo ante la proximidad de Aquel cuya venida anunciará al mundo.
II. MARÍA, PORTADORA DE CRISTO
Detengámonos a contemplar esta escena.
María no lleva riquezas materiales.
No llega acompañada por servidores.
No ofrece honores ni grandezas humanas.
Lleva algo infinitamente superior.
Lleva a Jesucristo.
Por eso su visita transforma aquella casa.
La presencia de María es ocasión de una especial efusión del Espíritu Santo y de alegría mesiánica.
Aquí encontramos una enseñanza preciosa para nuestra vida espiritual.
La verdadera devoción a la Santísima Virgen jamás termina en Ella como si fuera nuestro último fin.
María nos conduce a su Divino Hijo.
Es Madre de Dios porque lleva en su seno al Verbo Encarnado.
Es Madre Nuestra porque, en el Orden de la Gracia, nos acompaña y nos conduce hacia Cristo.
Por eso, cuando acudimos a Nuestra Señora, no nos alejamos del Salvador.
Nos acercamos a Él por medio de aquella a quien Él mismo escogió como Madre.
¡Qué hermoso sería que también nosotros pudiéramos llevar algo de la presencia de Cristo a los demás!
A nuestra familia.
A nuestros amigos.
A quienes sufren.
A quienes viven alejados de Dios.
A quienes necesitan una palabra de consuelo.
María nos enseña que la caridad cristiana no consiste solamente en hacer cosas buenas, sino en transmitir, mediante nuestras obras, algo del amor de Jesucristo.
III. «BENDITA TÚ ENTRE LAS MUJERES»
En la Visitación encontramos una de las primeras proclamaciones de la grandeza de María.
Santa Isabel, iluminada por el Espíritu Santo, reconoce en su joven parienta a la Madre de su Señor.
No se trata simplemente de un elogio familiar.
Es una Confesión de Fe.
Aquel Niño que María lleva en su seno es verdaderamente el Señor.
Por eso la Iglesia, al confesar a María como Madre de Dios, no pretende engrandecerla separadamente de Jesucristo.
Por el contrario, proclama la verdad de la Encarnación.
El Hijo que María concibió y dio a luz es una sola Persona divina: el Verbo eterno hecho hombre.
La Maternidad Divina de María constituye, por tanto, una confesión de la verdadera divinidad de Jesucristo.
Siglos después, la Iglesia defenderá solemnemente esta verdad al proclamar a María THEOTOKOS, es decir, Madre de Dios, en el Concilio de Éfeso del año 431.
Pero ya en la casa de Zacarías resonaban las palabras inspiradas de Santa Isabel:
«¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?».
Cada vez que rezamos el Avemaría repetimos las palabras del Ángel y de Santa Isabel.
Y así, sin advertirlo muchas veces, nuestra oración cotidiana se convierte en una profesión de fe en el misterio de la Encarnación.
IV. EL MAGNÍFICAT:
LA HUMILDAD QUE GLORIFICA A DIOS
Ante las alabanzas de Isabel, María no se atribuye ninguna gloria.
Su respuesta es un cántico de alabanza al Señor:
«Magnificat anima mea Dominum».
«Proclama mi alma la grandeza del Señor». (Lc 1, 46).
¡Qué admirable humildad!
María sabe que Dios ha obrado en Ella maravillas.
No las niega.
No disimula la gracia recibida.
Pero reconoce que todo procede de Dios.
«Porque ha mirado la pequeñez de su esclava; desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones». (Lc 1, 48).
La humildad cristiana no consiste en negar los dones que Dios nos concede.
Consiste en reconocer su origen y emplearlos para su gloria.
María es Grande porque Dios ha hecho en Ella cosas grandes.
Es Bienaventurada porque creyó.
Es modelo de santidad porque recibió la Gracia Divina con perfecta correspondencia.
El Magníficat nos enseña también que la verdadera alegría del Cristiano no procede de los honores del mundo, sino de saberse amado por Dios.
Cuántas veces buscamos la felicidad en cosas pasajeras.
Cuántas veces deseamos ser reconocidos, admirados o alabados.
María nos señala otro camino.
Que nuestra alma engrandezca al Señor.
Que nuestras obras hablen de su bondad.
Que nuestra vida se convierta, silenciosamente, en un cántico de gratitud.
V. LA CARIDAD QUE SE PONE EN CAMINO
Hay un detalle del Evangelio que merece nuestra atención.
San Lucas nos dice que María partió apresuradamente.
No se demoró innecesariamente.
No buscó excusas.
No aguardó a que las circunstancias fueran más cómodas.
Se levantó y marchó.
La verdadera Caridad tiene algo de esta prontitud.
El amor que permanece solamente en buenos deseos corre el riesgo de no convertirse jamás en obras.
Podemos hablar mucho de ayudar al prójimo.
Podemos tener excelentes intenciones.
Podemos formular hermosos propósitos.
Pero llega el momento en que es necesario levantarse y ponerse en camino.
Quizá no tengamos que atravesar montañas como María.
Tal vez nuestro camino sea mucho más sencillo.
Visitar a un enfermo.
Acompañar a una persona anciana.
Escuchar pacientemente a quien está preocupado.
Ayudar en una tarea doméstica.
Reconocer una falta y pedir perdón.
Dedicar tiempo a quien se encuentra solo.
Ofrecer una oración por quien nos ha ofendido.
Son pequeñas visitaciones que podemos realizar en nuestra vida cotidiana.
Y si las hacemos por amor a Jesucristo, también nosotros podremos llevar algo de su presencia a nuestros hermanos.
No olvidemos, sin embargo, que María no se limita a prestar un servicio material.
Su visita está enteramente iluminada por la presencia del Salvador.
De igual modo, nuestras obras de caridad deben nacer de la Fe y conducirnos hacia Dios.
VI. LA GRACIA QUE PEDIMOS EN ESTE SEGUNDO SÁBADO
Ante el Segundo Misterio Gozoso pidamos especialmente dos gracias:
La humildad de corazón y la caridad diligente.
La humildad para reconocer que cuanto bueno poseemos procede de Dios.
La caridad para no permanecer indiferentes ante las necesidades de nuestros hermanos.
Quizá conocemos a alguien que necesita nuestra ayuda.
Quizá hemos postergado una visita.
Quizá hemos descuidado a una persona cercana.
Quizá nos hemos acostumbrado a pensar solamente en nuestras propias preocupaciones.
Presentemos hoy estas situaciones a Nuestra Señora.
Pidámosle que nos enseñe a salir de nosotros mismos.
Que nuestro corazón no sea indiferente.
Que nuestras palabras lleven consuelo.
Que nuestras obras manifiesten la bondad de Dios.
Y, junto a estas intenciones, presentemos también aquella gracia particular que deseamos alcanzar mediante la práctica de los Quince Sábados.
Guardemos unos instantes de silencio y confiemos nuestra petición a la intercesión maternal de la Santísima Virgen.
ORACIÓN DE SAN BARTOLO LONGO PARA PEDIR UNA GRACIA
¡Oh gloriosa Reina del Santísimo Rosario,
que has establecido tu nuevo trono de gracia
en el Valle de Pompeya;
Hija del Divino Padre,
Madre del Divino Hijo
y Esposa del Espíritu Santo:
por tus gozos, por tus dolores y por tus glorias;
por los méritos de este Misterio,
en cuyo honor me acerco ahora a la Sagrada Mesa,
te suplico que me alcances esta gracia.
(Aquí se pide la gracia).
VII. PROPÓSITO DEL SEGUNDO SÁBADO
Durante esta semana procuraré realizar una obra concreta de caridad, especialmente hacia alguna persona que necesite mi tiempo, mi ayuda o mi compañía.
No esperaré necesariamente a que me lo pidan.
Trataré de imitar la prontitud con que María acudió a la casa de Santa Isabel.
Y cuando tenga la tentación de buscar reconocimiento por mis buenas obras, recordaré las palabras del Magníficat:
«Magnificat anima mea Dominum».
«Proclama mi alma la grandeza del Señor».
Que todo cuanto haga sea para mayor Gloria de Dios.
VIII. REZAMOS EL SEGUNDO MISTERIO GOZOSO
LA VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA A SANTA ISABEL:
*Padre Nuestro
*Diez Avemarías.
* Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
ORACIÓN FINAL
Santísima Virgen María,
Madre de Dios y Reina del Santísimo Rosario,
que después de recibir en tu seno virginal
al Salvador del mundo
te pusiste prontamente en camino
para visitar a tu prima Santa Isabel,
vuelve también hoy hacia nosotros
tu mirada maternal.
Tú que llevaste a Cristo
a la humilde casa de Zacarías,
visita nuestros hogares
y alcánzanos la gracia
de vivir siempre en su Divina Presencia.
Enséñanos a reconocer
las necesidades de nuestros hermanos
y a socorrerlos con generosidad,
sin buscar recompensa ni alabanza.
Aparta de nuestros corazones
el orgullo, el egoísmo y la indiferencia.
Haznos humildes en nuestras palabras,
pacientes en nuestras dificultades
y diligentes en el ejercicio de la Caridad.
Madre Bendita,
que escuchaste de labios de Isabel
las alabanzas inspiradas por el Espíritu Santo,
enséñanos a reconocer
las maravillas que Dios realiza en nuestras vidas.
Que nunca nos apropiemos
de la gloria que solamente a Él pertenece.
Presenta ante tu Divino Hijo
la Gracia particular que hoy te hemos pedido.
Y si nuestros deseos no corresponden
a los designios de su Santa Providencia,
alcánzanos un corazón dócil
para aceptar amorosamente su voluntad.
Finalmente, Virgen del Magníficat,
haz que nuestra vida entera
sea un cántico de alabanza a Dios,
hasta que podamos glorificarlo eternamente
en compañía tuya y de todos los santos.
MAGNIFICAT ANIMA MEA DOMINUM.
Amén.
San Bartolo Longo, apóstol del Santísimo Rosario, ruega por nosotros.
Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, ruega por nosotros.
Santa Isabel, ruega por nosotros.
San Juan Bautista, ruega por nosotros.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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