DEVOCIÓN A LA VIRGEN: LOS QUINCE SABADOS EN HONOR A NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO.


LOS QUINCE SÁBADOS DEL SANTÍSIMO ROSARIO

III SÁBADO.

TERCER MISTERIO GOZOSO

EL NACIMIENTO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

«Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada».
(Lc 2, 7)

LOS QUINCE SÁBADOS DEL SANTÍSIMO ROSARIO

Continuamos nuestro piadoso camino de los Quince Sábados del Santísimo Rosario, siguiendo la devoción difundida por San Bartolo Longo, apóstol del Rosario y fundador del Santuario de Nuestra Señora de Pompeya.
En el primer sábado contemplamos la Encarnación del Hijo de Dios y aprendimos de María a responder generosamente a la voluntad divina.
En el segundo sábado acompañamos a Nuestra Señora en su visita a Santa Isabel y descubrimos que quien lleva verdaderamente a Cristo en su corazón no puede permanecer indiferente ante las necesidades del prójimo.
Hoy llegamos a Belén.
El Misterio que comenzó silenciosamente en Nazaret se manifiesta ahora ante el mundo.
El Verbo Eterno del Padre, concebido por obra del Espíritu Santo en el seno purísimo de María, nace Verdaderamente Hombre.
Y aquel que es Rey de reyes y Señor de señores no escoge un palacio para venir al mundo.
Escoge la pobreza de un pesebre.
Contemplemos, pues, acompañados por la Santísima Virgen y San José, el misterio admirable del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.

I. EL MISTERIO.

Belén.
Una pequeña ciudad de Judea.

El Emperador Augusto ha ordenado un empadronamiento y José, perteneciente a la casa y familia de David, debe trasladarse desde Nazaret hasta la ciudad de sus antepasados.
María lo acompaña.
Lleva en su seno al Salvador prometido desde antiguo.
El camino es largo.
La fatiga del viaje, las incomodidades y las dificultades de aquellos días no impiden que se cumpla el designio de Dios.
Al llegar a Belén, María y José no encuentran lugar en el alojamiento.
Y allí, en medio de la pobreza, llega la hora del nacimiento.
El Evangelio lo expresa con una sencillez conmovedora:

«Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre».
(Lc 2, 7)

¡Qué admirable contraste!
El Creador del universo descansa en un pesebre.
El Señor de los cielos necesita los cuidados de su Madre.
Aquel que alimenta a todas las criaturas es alimentado por María.
El Todopoderoso se manifiesta bajo la fragilidad de un recién nacido.
Y, sin embargo, aquel Niño es verdaderamente Dios.
No ha dejado de ser el Hijo eterno del Padre.
Ha asumido nuestra naturaleza humana para salvarnos.
Mientras el mundo continúa sus ocupaciones, la Redención comienza a manifestarse en la humildad de Belén.
Los Ángeles anuncian a los pastores:

«Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo Señor».
(Lc 2, 11)

Y una multitud del Ejército Celestial alaba a Dios diciendo:

«Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de su beneplácito».
(Lc 2, 14)

El Cielo celebra lo que la tierra apenas comienza a comprender.
¡Dios ha venido a habitar entre nosotros!

II. CON MARÍA Y SAN JOSÉ ANTE EL PESEBRE

Acerquémonos espiritualmente al lugar del Nacimiento.
Contemplemos a María.
Ella conoce, mejor que ninguna otra criatura, la grandeza del misterio que se realiza ante sus ojos.
Aquel Niño es verdaderamente su Hijo.
De Ella ha recibido su naturaleza humana.
Pero es también su Dios y Salvador.
Por eso María es verdaderamente Madre de Dios.
No porque sea origen de la divinidad, sino porque Aquel a quien ha dado a luz según la carne es la Persona divina del Verbo eterno.
¡Qué admirable dignidad la de esta Madre!
Y, sin embargo, ¡qué profunda humildad!
María no reclama honores.
No exige privilegios.
No se lamenta por la pobreza del lugar.
Envuelve al Niño en pañales y lo recuesta cuidadosamente en el pesebre.
Su amor maternal se expresa en los gestos más sencillos.
Junto a Ella encontramos a San José.
El justo y silencioso custodio del Redentor.
Aquel a quien Dios ha confiado la protección de María y del Niño Jesús.
José tampoco pronuncia palabra alguna en el relato evangélico.
Pero su presencia habla de fidelidad, obediencia y entrega.
En Belén encontramos así a la Sagrada Familia reunida alrededor de Jesucristo.
María lo contempla.
José lo custodia.
Y ambos nos enseñan que toda la vida cristiana debe tener como centro al Señor.

¡Qué distinta sería nuestra vida si aprendiéramos a colocar verdaderamente a Jesucristo en el centro de nuestros pensamientos, decisiones y afectos!


III. «Y EL VERBO SE HIZO CARNE»

El misterio de Belén es la manifestación visible de aquella verdad que contemplamos en el primer sábado.

«Et Verbum caro factum est, et habitavit in nobis».

«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».
(Jn 1, 14)

El Hijo de Dios no apareció simplemente bajo una apariencia humana.
No tomó un cuerpo ilusorio.
No dejó de ser Dios para convertirse en hombre.
El Verbo eterno asumió una verdadera naturaleza humana, con cuerpo y alma racional, permaneciendo siempre verdadero Dios.
Por eso confesamos que Jesucristo es verdadero Dios y Verdadero Hombre.
Dos naturalezas, Divina y humana, unidas sin confusión ni separación en una sola Persona Divina.
Esta es la Fe que la Iglesia ha custodiado y proclamado solemnemente a lo largo de los siglos.
Y es también la razón profunda de nuestra adoración ante el pesebre.
No adoramos solamente a un niño admirable.
Adoramos al Hijo Eterno de Dios hecho hombre.
Aquel que yace en el pesebre es el mismo que un día enseñará a las multitudes, perdonará los pecados, sanará a los enfermos, morirá por nuestra salvación y resucitará glorioso.
Belén y el Calvario pertenecen a una misma historia de amor.
El Niño que nace viene al mundo para redimirnos.
Por eso el gozo de la Navidad no es una alegría superficial.
Es la alegría profunda de saber que Dios no ha abandonado al hombre caído.
Ha venido personalmente a buscarlo y salvarlo.

IV. LA POBREZA DE BELÉN

Detengámonos ahora en una de las enseñanzas más conmovedoras de este misterio.
Jesucristo nace pobre.
No porque carezca de poder.
No porque el mundo escape al dominio de su Providencia.
Sino porque, en el misterio de su Encarnación, ha querido abrazar voluntariamente una condición humilde.

San Pablo nos recuerda:

«Conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros os enriquecieseis con su pobreza».
(2 Cor 8, 9)

¡Qué admirable enseñanza!
Nosotros buscamos tantas veces la comodidad.
Nos preocupamos por acumular bienes.
Deseamos seguridades materiales.
Y, sin advertirlo, podemos terminar creyendo que nuestra felicidad depende de aquello que poseemos.
Belén nos presenta una verdad completamente distinta.
La verdadera riqueza del hombre no consiste en tener muchas cosas.
Consiste en poseer la gracia de Dios.
Una familia puede ser materialmente pobre y espiritualmente rica.
Un hombre puede poseer grandes bienes y, sin embargo, vivir con el corazón vacío.
El pesebre nos invita a examinar nuestros afectos.
¿En qué hemos puesto nuestra confianza?
¿Qué lugar ocupan los bienes materiales en nuestra vida?
¿Somos capaces de compartir con quienes tienen menos?
¿Sabemos agradecer lo que Dios nos concede?
La pobreza de Belén no nos enseña a despreciar los bienes necesarios para vivir dignamente.
Nos enseña a no convertirlos en nuestros señores.
Porque solamente Dios puede llenar verdaderamente el corazón humano.

V. LOS PASTORES Y LA SENCILLEZ DEL CORAZÓN

El Evangelio nos presenta también a unos pastores que velaban durante la noche, guardando sus rebaños.
A ellos se dirige el anuncio celestial.
No a los poderosos del Imperio.
No a los grandes personajes de la sociedad.
Sino a hombres sencillos que cumplen su trabajo cotidiano.
Un Ángel les anuncia el nacimiento del Salvador.
Y ellos responden:

«Vayamos, pues, hasta Belén y veamos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado».
(Lc 2, 15)

No se quedan discutiendo interminablemente.
No postergan su respuesta.
Se ponen en camino.
Y encuentran a María, a José y al Niño acostado en el pesebre.
¡Qué hermoso ejemplo de Fe!
Los pastores escuchan la palabra de Dios, creen en ella y obran en consecuencia.
Su sencillez les permite reconocer aquello que muchos otros ignoran.
También nosotros necesitamos recuperar esta sencillez espiritual.
Una Fe que no busque constantemente excusas.
Una fe que se traduzca en obras.
Una fe capaz de arrodillarse ante el misterio de Dios.
Porque la verdadera grandeza del cristiano no consiste en comprenderlo todo, sino en reconocer humildemente a su Señor y Salvador.

VI. MARÍA CONSERVABA TODAS ESTAS COSAS EN SU CORAZÓN

San Lucas nos ofrece una última enseñanza:

«María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».
(Lc 2, 19)

¡Qué hermosa descripción de la vida interior de Nuestra Señora!
María contempla.
Escucha.
Recuerda.
Medita.
No deja pasar superficialmente los acontecimientos.
Descubre en ellos la acción de Dios.
Aquí encontramos una enseñanza especialmente apropiada para quienes rezamos el Santo Rosario.
El Rosario no debe convertirse en una simple repetición mecánica de palabras.
Su verdadera riqueza consiste en acompañar la oración vocal con la contemplación de los misterios de Jesucristo.
Mientras nuestros labios repiten el Avemaría, nuestro corazón debe procurar permanecer junto al Señor.
En este tercer misterio podemos imaginar la humildad del pesebre, el silencio de María, la fidelidad de José y la alegría de los pastores.
Y, sobre todo, podemos contemplar al Niño Jesús.
Aquel que ha venido al mundo por amor a nosotros.
Quizá nuestras preocupaciones no desaparezcan inmediatamente.
Quizá nuestras dificultades continúen.
Pero quien aprende a contemplar a Cristo descubre que no está solo.
Dios ha querido hacerse cercano.
Tan cercano que podemos contemplarlo como un Niño recostado en los brazos de su Madre.

VII. LA GRACIA QUE PEDIMOS EN ESTE TERCER SÁBADO

Ante el Tercer Misterio Gozoso pidamos especialmente la gracia de la humildad, el desprendimiento de los bienes materiales y un amor más profundo a Nuestro Señor Jesucristo.
Pidamos aprender de la pobreza de Belén.
Que nuestro corazón no se apegue desordenadamente a las cosas pasajeras.
Que sepamos agradecer los bienes recibidos.
Que no olvidemos a quienes sufren necesidad.
Que nuestras familias encuentren en la Sagrada Familia un modelo de amor, fidelidad y entrega.
Y, sobre todo, pidamos que Jesucristo nazca espiritualmente en nuestros corazones mediante una vida cada vez más unida a su gracia.
Tal vez nos encontremos atravesando dificultades.
Quizá sintamos que nuestra vida es demasiado pobre, sencilla o insignificante.
Contemplemos entonces el pesebre.
Dios escogió la humildad de Belén para manifestar al mundo su amor.
No despreciemos, por tanto, las pequeñas ocasiones que la Providencia nos ofrece para servirlo.
Y junto a estas intenciones presentemos aquella gracia particular que deseamos alcanzar mediante la práctica de los Quince Sábados.
Guardemos unos instantes de silencio y confiemos nuestra petición a la intercesión maternal de Nuestra Señora.

ORACIÓN DE SAN BARTOLO LONGO PARA PEDIR UNA GRACIA

¡Oh gloriosa Reina del Santísimo Rosario,
que has establecido tu nuevo trono de gracia
en el Valle de Pompeya;
Hija del Divino Padre,
Madre del Divino Hijo
y Esposa del Espíritu Santo:
por tus gozos, por tus dolores y por tus glorias;
por los méritos de este Misterio,
en cuyo honor me acerco ahora a la Sagrada Mesa,
te suplico que me alcances esta gracia.

(Aquí se pide la gracia).

VIII. PROPÓSITO DEL TERCER SÁBADO

Durante esta semana procuraré realizar un acto concreto de desprendimiento y generosidad.
Renunciaré voluntariamente a alguna comodidad innecesaria o compartiré algo de mis bienes con una persona que lo necesite.
También dedicaré unos momentos de oración silenciosa a contemplar el misterio del Nacimiento de Nuestro Señor.
Y cuando experimente alguna dificultad o incomodidad, recordaré la pobreza de Belén.
Repetiré interiormente:

«Et Verbum caro factum est».

«Y el Verbo se hizo carne».

Que la humildad del Niño Jesús me enseñe a buscar antes que nada el Reino de Dios.

IX. REZAMOS EL TERCER MISTERIO GOZOSO

El Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo

* Padre Nuestro.
* Diez Avemarías.
* Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN FINAL

Santísima Virgen María,
Madre de Dios y Reina del Santísimo Rosario,
que en la pobreza de Belén
diste al mundo al Salvador prometido,
recibe hoy nuestras humildes oraciones.
Tú que contemplaste con amor maternal
al Verbo eterno hecho Niño,
enséñanos a reconocer en Él
a nuestro Dios, Redentor y Señor.
Alcánzanos un corazón sencillo,
desprendido de las vanidades del mundo
y enteramente dispuesto
a cumplir la Voluntad Divina.
Que la pobreza del pesebre
nos enseñe a buscar los bienes eternos.
Que la obediencia de San José
nos anime a cumplir fielmente
nuestros deberes cotidianos.
Que la sencillez de los pastores
nos disponga a escuchar
y obedecer prontamente la palabra de Dios.
Y que tu silencio contemplativo,
oh Virgen Santísima,
nos enseñe a conservar
los misterios de Jesucristo
en lo más profundo de nuestro corazón.
Madre bendita,
presenta ante tu Divino Hijo
la gracia particular que hoy te hemos pedido.
Si ha de contribuir a la gloria de Dios
y a la salvación de nuestra alma,
alcánzanos su cumplimiento.
Y si la Divina Providencia
ha dispuesto otra cosa,
obtén para nosotros la fortaleza
de aceptar amorosamente
sus santísimos designios.
Finalmente, Virgen de Belén,
haz que nuestras familias
sean hogares de fe, oración y caridad.
Que nunca falte en ellas
la presencia espiritual de Jesucristo.
Y que, después de haberlo amado
y servido durante nuestra vida,
podamos contemplarlo eternamente
en la gloria del Cielo.

ET VERBUM CARO FACTUM EST,
ET HABITAVIT IN NOBIS.

Amén.

San Bartolo Longo, Apóstol del Santísimo Rosario, ruega por nosotros.
Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, ruega por nosotros.
San José, castísimo Esposo de María, ruega por nosotros.

LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LAS APARICIONES DE LA SANTISIMA VIRGEN DE GUADALUPE.

LA SANTA MISA DOMINICAL.

MAGISTERIO E HISTORIA. Discurso del Santo Padre Pio VI ante el asesinato de S.M.C Luis XVI de Francia.