DEVOCION A LA VIRGEN: LOS QUINCE SABADOS EN HONOR A NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO.
LOS QUINCE SÁBADOS DEL SANTÍSIMO ROSARIO
IV SÁBADO.
CUARTO MISTERIO GOZOSO
LA PRESENTACIÓN DEL NIÑO JESÚS EN EL TEMPLO
Y LA PURIFICACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
«Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor». (Lc 2, 22)
LOS QUINCE SÁBADOS DEL SANTÍSIMO ROSARIO
Continuamos nuestro piadoso camino de los Quince Sábados del Santísimo Rosario, siguiendo la devoción difundida por San Bartolo Longo, apóstol del Rosario y fundador del Santuario de Nuestra Señora de Pompeya.
En el primer sábado contemplamos la Encarnación del Hijo de Dios y aprendimos de María la obediencia y la confianza en la Voluntad Divina.
En el segundo sábado acompañamos a Nuestra Señora en su visita a Santa Isabel y descubrimos la humildad y la caridad que se pone prontamente al servicio del prójimo.
En el tercer Sábado nos arrodillamos espiritualmente ante el pesebre de Belén, contemplando la pobreza y la humildad del Verbo eterno hecho hombre.
Hoy acompañaremos a María y José hasta el Templo de Jerusalén.
Han transcurrido cuarenta días desde el nacimiento del Salvador.
La Sagrada Familia se dispone a cumplir las prescripciones de la Ley de Moisés.
Pero aquel acontecimiento, aparentemente semejante al que realizaban tantas familias de Israel, encierra un misterio extraordinario.
El Hijo Eterno de Dios entra en el Templo de su Padre.
Y allí, en brazos de su Madre, será reconocido como la luz destinada a iluminar a todas las naciones.
Sin embargo, junto al anuncio de la Salvación resonará también una profecía dolorosa.
Una espada atravesará el alma de María.
Así, en medio de los gozos de la infancia de Jesús, comenzamos a descubrir el camino que conduce hacia el Calvario.
I. EL MISTERIO:
Jerusalén.
El Templo se levanta majestuoso sobre la Ciudad Santa.
A él acuden diariamente sacerdotes, peregrinos y familias que desean cumplir los Preceptos de la Ley.
Entre aquella multitud llegan María y José.
Llevan consigo al Niño Jesús.
Según la Ley de Moisés, el primogénito debía ser consagrado al Señor, en memoria de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto.
También estaba prescrita la purificación ritual de la madre después del nacimiento de un hijo.
María, purísima y siempre Virgen, no necesitaba purificación alguna por causa de pecado.
Tampoco Jesucristo, Verdadero Hijo de Dios, estaba obligado por necesidad propia a someterse a aquellas prescripciones.
Sin embargo, ambos se someten humildemente a la Ley.
El Evangelio nos dice:
«Y para ofrecer en sacrificio, según lo dicho en la Ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones». (Lc 2, 24).
Era la ofrenda permitida a las familias de condición humilde.
¡Qué admirable sencillez!
El Señor del universo es presentado en el Templo como un niño pobre.
La Madre de Dios se somete humildemente a una ceremonia de purificación.
Y San José acompaña silenciosamente aquel acto de obediencia.
Pero Dios ha preparado un encuentro extraordinario.
En Jerusalén vive un hombre justo y piadoso llamado Simeón.
El Espíritu Santo le ha revelado que no moriría sin haber visto antes al Cristo del Señor.
Movido por el Espíritu, Simeón acude al Templo.
Y cuando María y José presentan al Niño Jesús, el anciano lo toma en sus brazos.
Sus ojos contemplan finalmente al Salvador prometido.
Su corazón se llena de alegría.
Y de sus labios brota uno de los cánticos más hermosos de toda la Sagrada Escritura.
II. «NUNC DIMITTIS SERVUM TUUM, DOMINE»
Simeón sostiene al Niño Jesús entre sus brazos.
Aparentemente contempla a un niño semejante a tantos otros.
Pero sus ojos, iluminados por la fe, reconocen al Salvador.
Entonces exclama:
«Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación». (Lc 2, 29-30).
Y añade:
«Luz para revelación de las naciones y gloria de tu pueblo Israel». (Lc 2, 32).
¡Qué admirable profesión de fe!
Simeón no contempla todavía los milagros de Jesús.
No ha escuchado su predicación.
No ha presenciado su Pasión ni su Resurrección.
Solamente tiene ante sí a un Niño pequeño.
Pero cree.
Reconoce en Él el cumplimiento de las promesas divinas.
El Cántico de Simeón, conocido por sus primeras palabras latinas como NUNC DIMITTIS, ocupa desde antiguo un lugar privilegiado en la oración de la Iglesia.
En el Oficio Divino tradicional se canta cada noche en Completas, cuando el cristiano se dispone a descansar y encomienda su vida a la Providencia.
La Iglesia pone así en nuestros labios las mismas palabras del anciano Simeón.
Porque también nosotros esperamos llegar al término de nuestra existencia habiendo reconocido y amado a Jesucristo.
¡Qué hermosa sería nuestra última hora si pudiéramos repetir con verdadera paz aquellas palabras!
«Nunc dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace».
«Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra».
Pero para poder pronunciarlas sinceramente al final de nuestra vida debemos aprender desde ahora a reconocer al Salvador.
No solamente cuando todo marcha bien.
También en las dificultades.
En las pruebas.
En la enfermedad.
En las incertidumbres.
En el cumplimiento silencioso de nuestros deberes.
Simeón nos enseña a mirar con los ojos de la fe.
Y a descubrir la presencia de Dios allí donde el mundo solamente ve acontecimientos ordinarios.
III. LA OBEDIENCIA DE MARÍA Y JOSÉ
Detengámonos ahora en la actitud de la Sagrada Familia.
María y José cumplen fielmente la Ley del Señor.
No buscan privilegios.
No se consideran dispensados de las obligaciones religiosas por la extraordinaria dignidad del Niño que llevan consigo.
Obedecen humildemente.
Esta obediencia tiene un profundo significado espiritual.
Jesucristo, que ha venido al mundo para cumplir perfectamente la voluntad del Padre, comienza desde su infancia a manifestar su sometimiento a la Ley.
San Pablo escribirá:
«Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley». (Gál 4, 4).
El mismo Hijo de Dios acepta entrar en nuestra historia y someterse a las condiciones de la existencia humana, excepto el pecado.
María y José participan de este misterio mediante su fidelidad.
¡Cuánto tenemos que aprender de ellos!
Con frecuencia deseamos realizar grandes obras por Dios.
Imaginamos sacrificios extraordinarios.
Soñamos con ocasiones especiales para demostrar nuestra fe.
Pero quizá descuidamos los deberes más sencillos de nuestra vida cotidiana.
La oración diaria.
La fidelidad a nuestras obligaciones.
El cumplimiento de la palabra empeñada.
La asistencia a la Santa Misa.
El respeto a los mandamientos de Dios.
La paciencia con nuestros familiares.
La honestidad en el trabajo.
La caridad hacia quienes conviven con nosotros.
La santidad no consiste necesariamente en realizar cosas extraordinarias.
Consiste, ante todo, en cumplir extraordinariamente bien la voluntad de Dios en las circunstancias ordinarias.
María y José nos enseñan esta fidelidad silenciosa.
Y nos recuerdan que la obediencia nacida del amor es uno de los caminos más seguros hacia la santidad.
IV. «UNA ESPADA ATRAVESARÁ TU ALMA»
Pero la alegría del encuentro con Simeón no termina con su cántico.
El anciano se dirige ahora a María.
Y pronuncia unas palabras misteriosas:
«He aquí que éste está puesto para caída y resurrección de muchos en Israel, y para señal de contradicción». (Lc 2, 34).
Después añade:
«Y a ti misma una espada te atravesará el alma». (Lc 2, 35)
¡Qué momento tan solemne!
María sostiene en sus brazos al Niño Jesús.
Acaba de escuchar que Él será luz de las naciones y gloria de Israel.
Pero ahora recibe el anuncio de un sufrimiento futuro.
Su Hijo será signo de contradicción.
Muchos lo rechazarán.
Y Ella misma participará íntimamente, mediante su dolor maternal, de los sufrimientos del Redentor.
La tradición cristiana ha contemplado en estas palabras el anuncio de los Dolores de Nuestra Señora.
La espada profetizada por Simeón alcanzará su expresión más profunda cuando María permanezca de pie junto a la Cruz de su Hijo.
Allí contemplará al mismo Jesús que había llevado en sus brazos en Belén.
Aquel Niño que hoy es presentado en el Templo será un día ofrecido en el Sacrificio del Calvario.
La alegría de la maternidad divina no excluye, por tanto, la participación de María en el misterio de la Cruz.
Aquí descubrimos una enseñanza fundamental para nuestra vida espiritual.
Amar a Dios no significa quedar libres de sufrimientos.
La fidelidad a Jesucristo no garantiza una existencia sin dificultades.
También los santos han conocido la enfermedad, la incomprensión, la pobreza y el dolor.
La Santísima Virgen, llena de gracia y perfectamente fiel a Dios, no fue preservada de toda tribulación.
Pero permaneció siempre unida a la voluntad divina.
Su dolor no fue una rebelión contra Dios.
Fue una participación amorosa y subordinada en la obra redentora de su Hijo.
Por eso, cuando las pruebas visiten nuestra vida, acudamos a María.
Ella conoce el sufrimiento.
Ella sabe lo que significa amar profundamente y sufrir por amor.
Y puede enseñarnos a permanecer junto a Jesucristo aun cuando el camino se vuelva oscuro.
V. LA PROFETISA ANA Y LA PERSEVERANCIA EN LA ORACIÓN
El Evangelio nos presenta también a una mujer anciana llamada Ana.
Era profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser.
Había vivido muchos años en viudez y permanecía vinculada al Templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.
San Lucas nos dice:
«Y llegando en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén». (Lc 2, 38).
Ana representa admirablemente la perseverancia en la vida espiritual.
Había dedicado largos años a la oración.
Había esperado pacientemente el cumplimiento de las promesas divinas.
Y finalmente recibió la gracia de reconocer al Salvador.
¡Cuántas veces nosotros nos desanimamos porque nuestras oraciones parecen no ser escuchadas!
Pedimos una gracia.
Rezamos durante algunos días.
Quizá durante semanas o meses.
Y si no obtenemos inmediatamente aquello que deseamos, comenzamos a perder la confianza.
Ana nos enseña otra actitud.
La perseverancia.
La fidelidad.
La esperanza que no se extingue con el paso del tiempo.
Dios escucha siempre nuestras oraciones, aunque no siempre responda del modo ni en el momento que nosotros esperamos.
Su Providencia conoce mejor que nosotros aquello que verdaderamente necesitamos.
Por eso la oración cristiana debe estar acompañada de una profunda confianza en la voluntad divina.
Y precisamente ésta es una de las enseñanzas de los Quince Sábados del Santísimo Rosario.
No rezamos para imponer nuestros deseos a Dios.
Rezamos para presentar humildemente nuestras necesidades y disponernos a recibir sus gracias.
La Santísima Virgen intercede por nosotros como Madre amorosísima.
Pero su intercesión nunca se opone a la voluntad de su Divino Hijo.
Por el contrario, nos ayuda a cumplirla con mayor fidelidad.
VI. CRISTO, LUZ DE LAS NACIONES
Volvamos por un momento a las palabras de Simeón.
«Luz para revelación de las naciones».
Jesucristo no ha venido solamente para un pueblo o una nación.
Ha venido para ofrecer la salvación a todos los hombres.
Él es la verdadera luz que ilumina las tinieblas del pecado y de la ignorancia religiosa.
Sin Cristo, el hombre puede alcanzar muchos conocimientos y realizar grandes obras.
Pero no puede salvarse por sus propias fuerzas.
Necesita la gracia de Dios.
Necesita la Redención.
Necesita a Jesucristo.
Por eso la Iglesia ha visto siempre en este misterio una manifestación de la luz divina.
La antigua fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen, celebrada el 2 de febrero, está acompañada tradicionalmente por la bendición y procesión de las candelas.
Estas luces recuerdan precisamente las palabras de Simeón.
Cristo es la luz del mundo.
Y nosotros, por el Bautismo, estamos llamados a vivir como hijos de la luz.
Pero no basta con llevar una candela encendida en nuestras manos.
Es necesario que la luz de Cristo ilumine verdaderamente nuestra vida.
Nuestros pensamientos.
Nuestras decisiones.
Nuestras palabras.
Nuestras acciones.
Preguntémonos sinceramente:
¿Dejamos que Jesucristo ilumine nuestra conciencia?
¿Buscamos su voluntad antes de tomar decisiones importantes?
¿Procuramos conocer mejor nuestra fe?
¿Damos testimonio cristiano en nuestra vida cotidiana?
¿O escondemos nuestra fe por temor a las opiniones del mundo?
Simeón reconoció la luz cuando todavía se encontraba oculta bajo la apariencia de un Niño.
Pidamos nosotros la gracia de reconocerla y seguirla durante toda nuestra vida.
VII. LA GRACIA QUE PEDIMOS EN ESTE CUARTO SÁBADO
Ante el Cuarto Misterio Gozoso pidamos especialmente tres gracias:
La obediencia a la voluntad de Dios.
La perseverancia en la oración.
Y la fortaleza para aceptar cristianamente las pruebas de nuestra vida.
Pidamos a María que nos enseñe a cumplir nuestros deberes con fidelidad.
Que no busquemos excusas para apartarnos del camino del bien.
Que sepamos reconocer a Jesucristo como la verdadera luz de nuestra existencia.
Y que, cuando el sufrimiento llegue a nuestra vida, no perdamos la confianza en la Providencia Divina.
Quizá atravesamos una dificultad familiar.
Tal vez sufrimos por la enfermedad de alguien querido.
Quizá nos preocupa el futuro.
O llevamos silenciosamente una cruz que nadie conoce.
Presentemos hoy estas intenciones a Nuestra Señora.
Ella escuchó la profecía de Simeón.
Ella permaneció fiel aun cuando la espada del dolor atravesó su alma.
Y Ella puede alcanzarnos de su Divino Hijo la gracia necesaria para perseverar.
Pidamos también por quienes han perdido la esperanza.
Por los enfermos.
Por los ancianos.
Por quienes viven solos.
Por aquellos que se encuentran alejados de Dios.
Y junto a estas intenciones presentemos la gracia particular que deseamos alcanzar mediante la práctica de los Quince Sábados.
Guardemos unos instantes de silencio.
Confiemos nuestra petición a la intercesión maternal de la Santísima Virgen.
ORACIÓN DE SAN BARTOLO LONGO PARA PEDIR UNA GRACIA
¡Oh Gloriosa Reina del Santísimo Rosario,
que has establecido tu nuevo trono de gracia
en el Valle de Pompeya;
Hija del Divino Padre,
Madre del Divino Hijo
y Esposa del Espíritu Santo:
por tus gozos, por tus dolores y por tus glorias;
por los méritos de este Misterio,
en cuyo honor me acerco ahora a la Sagrada Mesa,
te suplico que me alcances esta gracia.
(Aquí se pide la gracia).
VIII. PROPÓSITO DEL CUARTO SÁBADO
Durante esta semana procuraré cumplir con mayor fidelidad algún deber que habitualmente me cuesta realizar.
Lo ofreceré a Dios como un pequeño sacrificio de amor.
También dedicaré unos momentos especiales a rezar por una persona que esté atravesando alguna dificultad o sufrimiento.
Y cuando experimente preocupación, cansancio o desaliento, recordaré las palabras del anciano Simeón:
«Lumen ad revelationem gentium».
«Luz para revelación de las naciones».
Pediré a Jesucristo que ilumine mi camino.
Y a la Santísima Virgen, que me enseñe a permanecer fiel aun en medio de las pruebas.
IX. REZAMOS EL CUARTO MISTERIO GOZOSO
La Presentación del Niño Jesús en el Templo y la Purificación de la Santísima Virgen María
* Padre Nuestro.
* Diez Avemarías.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
ORACIÓN FINAL
Santísima Virgen María,
Madre de Dios y Reina del Santísimo Rosario, que llevaste en tus brazos al Divino Niño hasta el Templo de Jerusalén para presentarlo al Padre eterno, recibe hoy nuestras humildes súplicas.
Tú que, siendo purísima,
quisiste someterte humildemente
a las prescripciones de la Ley,
enséñanos a cumplir con fidelidad
la voluntad de Dios.
Alcánzanos un corazón obediente,
sencillo y desprendido de todo orgullo.
Que sepamos reconocer a Jesucristo
como la verdadera luz de nuestra vida.
Que sus enseñanzas iluminen
nuestros pensamientos y decisiones.
Que su gracia fortalezca
nuestra voluntad vacilante.
Y que su amor nos sostenga
en medio de las dificultades.
Virgen Santísima,
que escuchaste de labios de Simeón
la profecía de aquella espada
que atravesaría tu alma,
acompáñanos especialmente
en las horas de sufrimiento.
Cuando nos visite la enfermedad,
enséñanos a confiar.
Cuando experimentemos la tristeza,
alcánzanos consuelo.
Cuando el temor oscurezca nuestro camino,
recuérdanos que Jesucristo
es la luz que jamás se extingue.
Madre Dolorosa y fidelísima,
haz que nunca nos apartemos
de tu Divino Hijo.
Que sepamos permanecer junto a Él
en los gozos y en las penas,
en la salud y en la enfermedad,
en la prosperidad y en la adversidad.
Presenta ante su misericordioso Corazón
la gracia particular que hoy te hemos pedido.
Si ha de contribuir a la gloria de Dios
y al bien de nuestra alma,
alcánzanos su cumplimiento.
Y si la Divina Providencia
ha dispuesto otra cosa,
obtén para nosotros la fortaleza
de aceptar sus santísimos designios.
Finalmente, Madre Bendita,
haz que, después de una vida
iluminada por la fe y sostenida por la esperanza, podamos llegar al encuentro definitivo con Nuestro Señor Jesucristo.
Y que, al término de nuestros días,
podamos repetir con el anciano Simeón:
NUNC DIMITTIS SERVUM TUUM, DOMINE,
SECUNDUM VERBUM TUUM IN PACE.
«Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo
irse en paz, según tu palabra».
Amén.
San Bartolo Longo, apóstol del Santísimo Rosario, ruega por nosotros.
Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, ruega por nosotros.
San José, castísimo Esposo de María, ruega por nosotros.
San Simeón, ruega por nosotros.
Santa Ana, profetisa, ruega por nosotros.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.
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