DEVOCION A LA VIRGEN: MEDITACION Y ACCION DE GRACIAS POR LA DIVINA MATERNIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA.


✠ 11 DE OCTUBRE ✠

FIESTA DE LA DIVINA MATERNIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

MARIA MATER DEI ✠ ΜΑΡΙΑ ΘΕΟΤΟΚΟΣ

«BENDITA TÚ ENTRE LAS MUJERES»

PALABRA DE DIOS:

«¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?»
(Lucas 1, 43).

LA FE DE LA IGLESIA:

MARÍA, MADRE DE DIOS

Hoy la Iglesia celebra uno de los títulos más sublimes de la Santísima Virgen María:
Su Divina Maternidad.
Durante los siete días de nuestro Septenario hemos contemplado cómo los Santos Padres fueron expresando y defendiendo la Fe en el Misterio de la Encarnación.

San Ignacio de Antioquía confesaba que Jesucristo, Nuestro Dios, había nacido Verdaderamente de María.

San Ireneo de Lyon contemplaba en la obediencia de la Virgen la respuesta fiel que contrasta con la desobediencia de Eva.

San Atanasio defendía la Verdadera Divinidad del Verbo que asumió nuestra naturaleza humana.

San Gregorio Nacianceno proclamaba expresamente a María como Theotokos.

San Ambrosio contemplaba la Fe y la fortaleza de la Madre junto a la Cruz.

Y San Cirilo de Alejandría defendía con firmeza la Unidad Personal de Jesucristo, Verdadero Dios y Verdadero Hombre.

Todo este camino nos condujo al Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431.

Allí la Iglesia confirmó solemnemente la legitimidad del Título griego Θεοτόκος, Theotokos, que significa Madre de Dios.

No porque María haya dado origen a la Divinidad, pues Dios es Eterno y no tiene principio.
Sino porque Aquel que fue concebido en su seno y nació verdaderamente de Ella según la carne es el mismo Hijo Eterno del Padre.

María es Madre de Dios porque Jesucristo es Dios.

Y en esta sencilla afirmación se encuentra custodiado uno de los Misterios fundamentales de nuestra Fe.

MEDITACIÓN:

LA GLORIA DE LA MADRE ES LA GLORIA DEL HIJO

«¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?»

Estas palabras de Santa Isabel, pronunciadas bajo la inspiración del Espíritu Santo, resuenan hoy con una profundidad extraordinaria.
Ante ella se encuentra una joven Virgen de Nazaret.
Pero aquella joven lleva en su seno al Salvador del mundo.
La Madre del Señor ha venido a visitarla.
Y nosotros, veinte siglos después, continuamos proclamando con la Iglesia:

¡María es Verdaderamente Madre de Dios!

Qué admirable es el designio de la Providencia.
El Verbo Eterno, por quien fueron creados los cielos y la tierra, quiso recibir nuestra naturaleza humana de una mujer.
Aquel a quien no pueden contener los cielos quiso descansar en los brazos de María.
Aquel que sostiene todas las cosas con su Poder quiso experimentar la debilidad de la infancia.
Aquel que es Eternamente Engendrado por el Padre quiso nacer en el tiempo de una Madre.

Y aquella Madre fue María.

Por eso hoy la honramos con especial alegría.
No porque su grandeza pueda separarse de Jesucristo, sino precisamente porque toda su Dignidad procede de Él.

La Gloria de María es inseparable de la Gloria de su Hijo.

Al llamarla Madre de Dios, confesamos que Jesucristo no es simplemente un hombre extraordinario, ni un profeta entre otros, ni una criatura elevada por encima de las demás.

Confesamos que Él es el Verbo Eterno hecho carne.
Verdadero Dios y Verdadero Hombre.
Nuestro Señor y Nuestro Redentor.
Y al mismo tiempo reconocemos la inmensa Dignidad de aquella humilde Virgen que respondió al anuncio del Ángel:

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Hoy concluye nuestra preparación.

Durante siete días hemos presentado ante María nuestras necesidades, las de la Iglesia y las de nuestros hermanos.
Pero en esta Fiesta queremos hacer algo más sencillo y más grande:

Queremos darle gracias.
Gracias por haber recibido al Salvador.
Gracias por su fidelidad.
Gracias por su presencia junto a la Cruz.
Gracias por su intercesión maternal.
Y sobre todo, gracias a Dios por habernos dado, en María, a la Madre de su Hijo hecho Hombre.
Que esta Fiesta renueve nuestra Fe en Jesucristo y acreciente nuestro amor filial hacia su Santísima Madre.
Porque cuanto más profundamente confesamos a María como Theotokos, más claramente proclamamos la Verdad de la Encarnación.

¡Gloria a Jesucristo, Verdadero Dios y Verdadero hombre!

¡Honor y Veneración a su Santísima Madre!

¡Salve, María, Madre de Dios!

ORACIÓN SOLEMNE A MARÍA SANTÍSIMA, MADRE DE DIOS.

¡Oh María Santísima,
Virgen Gloriosa y Bendita,
Verdadera Madre de Dios!

En este día de tu Fiesta 
venimos a tus plantas
con el corazón lleno de gratitud y alegría.
Te saludamos como Madre del Verbo Encarnado, como aquella que llevó en su seno al Hijo Eterno del Padre
y lo dio a luz para la Salvación del mundo.

¡Bendita seas, oh María,
porque creíste en la Palabra del Señor!

¡Bendita seas,
porque tu humilde consentimiento
fue respuesta fiel al designio Divino!

¡Bendita seas,
porque de Ti nació Jesucristo,
Nuestro Dios y Salvador!

Hoy te ofrecemos
nuestra veneración y nuestro amor filial.

Recibe las súplicas
que durante estos siete días
hemos depositado ante tu presencia maternal.

Alcanza nuestra conversión,
protege a la Santa Iglesia,
bendice nuestras familias,
suscita Santas Vocaciones,
consuela a los que sufren,
intercede por las almas del Purgatorio y conduce nuevamente hacia Cristo
a quienes se han alejado de Él.

Pero, sobre todas estas gracias,
te pedimos una especialmente:
Que jamás nos apartemos de tu Divino Hijo.
Que lo conozcamos cada día más profundamente.
Que lo amemos con todo nuestro corazón.
Que vivamos fielmente su Evangelio.
Y que, después de nuestra peregrinación terrena, podamos contemplarlo Eternamente en el Cielo, donde Tú reinas Gloriosa 
junto a Él.

¡Oh María, Madre de Dios y Madre nuestra, permanece siempre junto a nosotros!

Y enséñanos a proclamar
con la Fe de los Apóstoles,
con la voz de los Santos Padres
y con toda la Santa Iglesia:

¡JESUCRISTO ES VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE!

¡MARÍA ES VERDADERAMENTE MADRE DE DIOS!

Amén.

✠ SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS, RUEGA POR NOSOTROS, PECADORES, AHORA Y EN LA HORA DE NUESTRA MUERTE. AMÉN.

MARIA MATER DEI ✠ ΜΑΡΙΑ ΘΕΟΤΟΚΟΣ.

LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI, COREDEMPTRIX.

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